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El mago del Kremlin, anatomía de una época

Juan Cristóbal Cruz Revueltas

A finales de los años ochenta, el historiador alemán Ernst Nolte sostenía que sin el gran incendio político iniciado en Rusia en 1917, no se hubieran producido ni la marcha sobre Roma de Mussolini, ni el ascenso de Hitler, ni la victoria de Franco. En otras palabras, para Nolte, el golpe de Lenin encendió la mecha de una prolongada guerra civil europea que se extendió durante tres décadas. Hoy podría formularse una pregunta análoga: ¿hasta qué punto el furor que invade al mundo desde hace un par de décadas sería posible sin la Rusia de Vladimir Putin? Este vínculo causal se antoja más verosímil cuando sabemos que el ideólogo del “mundo ruso” de Putin, Vladislav Surkov, ha proclamado de manera programática que “los grandes imperios de la historia se regeneran desplazando fuera de sus fronteras el caos que ellos mismos producen” (Da Ampoli, La hora de los predadores). Este mismo Surkov — quien participó en la anexión ilegal de Crimea en 2014— es, también, el personaje central, interpretado por Paul Dano, de El mago del Kremlin, la película de Olivier Assayas que se estrena en estos días.

El guion de la cinta se inspira, aunque no siempre fielmente, en la novela homónima de Giuliano da Empoli publicada en 2022. Se trata de una obra finamente construida, fruto tanto de los conocimientos de da Ampoli en historia política -actualmente es profesor en el prestigioso instituto de estudios de SciencesPo-Paris-, como de su experiencia como asesor de Matteo Renzi durante su gestión como alcalde de Florencia. Merecidamente, el libro ha sido un éxito editorial con más de 791 500 ejemplares vendidos sólo en Francia.

En cuanto a la estrategia narrativa de la cinta, resultado del trabajo conjunto de da Ampoli y Assayas -que además contó con la colaboración del escritor Emmanuel Carrère-, se optó por una mezcla de ficción y realidad, de nombres falsos y verdaderos, para reconstruir las etapas de la vida Vladislav Surkov (presentado bajo el nombre de Baranov) e intentar esclarecer así su influencia sobre el mandatario ruso. El relato evoca su periodo como director de teatro y su paso por el mundo de la publicidad en los años 90, bajo la tutela de una figura prominente de aquella época: Mijaíl Jodorkovski (futuro propietario de la empresa petrolera Yukos, y también futuro preso bajo acusación de evasión fiscal). Finalmente, la parte más relevante de la narración se sitúa a partir de 1999, cuando Surkov acompaña a Putin en su ascenso y consolidación en el poder.

La relación entre Putin y Surkov permite a da Ampoli ilustrar una tesis que hoy puede parecer un lugar común, pero que él ha sostenido desde 2017: el orden mundial que estuvo dominado por los valores liberales desde 1945, está siendo reemplazado por dirigentes de tipo predador, en alianza con los llamados spin doctors -expertos en comunicación y en el manejo de las redes sociales- como el propio Surkov. Tras el “paréntesis liberal”, asistimos hoy al regreso de lo que sería la forma “eterna” del poder: cruda, irracional y vertical. El “zar”, como da Ampoli insiste en llamar a Putin, encarna ese retorno de la figura -mitad bestia y mitad hombre- de un César Borgia que tanto fascinó a Maquiavelo. Pero esta vez los actuales Borgia tienen a su disposición las nuevas tecnologías de comunicación.

La periodista ucraniana Anna Koriagina ironiza con acierto sobre las curiosas obsesiones de los conceptores de la cinta: “un hombre fascinado por Surkov (da Empoli), otro por el poder (Assayas) y un tercero por Rusia (Carrère)” (LeMonde, 21-01-2026). La fuerza de estas obsesiones hace que el “pueblo ruso” aparezca representado en la película bajo la figura de grupos marginales manipulables, sean de extrema izquierda o de extrema derecha. Visto desde la mirada de un propagandista como Surkov no podría ser de otro modo: los rusos no pueden ser sino un objeto “moldeable” destinado a ser conducido por líderes fabricados mediante los artilugios de la comunicación.

En la actual guerra de imágenes, Putin -quien hace cuatro años decidió invadir Ucrania, quien dedica su vida cotidiana a ordenar bombardeos sobre civiles y quien enfrenta cargos ante la Corte Penal Internacional- probablemente salga ganando al ser retratado como mitad mago, capaz de movilizar fuerzas irracionales, y mitad James Bond, encarnado por Jude Law. En fin, si en el mundo de la inteligencia artificial los predadores como Putin representan al hombre del porvenir, pronto las nuevas generaciones lucirán colmillos más afilados y cerebros más pequeños.