In memoriam, Jürgen Habermas

Juan Cristóbal Cruz Revueltas
(16/03/2023)
En 1993 tuve la oportunidad de asistir, como estudiante, a un coloquio de filosofía celebrado en el castillo de Cerisy-la-Salle, en Normandía, y de convivir durante varios días con algunas de las principales figuras intelectuales del momento. Entre ellas se encontraba Jürgen Habermas, fallecido recientemente. El propósito del encuentro era debatir un asunto que llevaba años dividiendo a los filósofos: el legado de la Modernidad. La confrontación entre el pensador alemán y su homólogo estadounidense, Richard Rorty, a la que se sumaban otras voces relevantes, como la de la filósofa política belga Chantal Mouffe, fue la clave dominante de las discusiones.
Como cabía esperar, Habermas trataba de prolongar y defender lo mejor del legado de la Ilustración, mientras que Rorty cuestionaba la propia noción de verdad y Mouffe reivindicaba un retorno a Carl Schmitt y a su concepción de la política como un conflicto irreductible a términos racionales. El debate parecía, en buena medida, condenado de antemano, especialmente en el caso de Rorty, quien negaba la idea misma de “argumentación” y, más tarde, acabaría reafirmando su convicción de que la filosofía no es sino una variante del género literario.
Para quien había hecho de “la confrontación con la herencia que dejaba el pasado nazi de Alemania […] el tema fundamental de su vida política adulta” —como afirmaría años más tarde en su discurso de recepción del Premio de Kioto (2004)—, el encuentro de Cerisy no fue sino un episodio más de una lucha intelectual iniciada en 1953. Aquel año, todavía estudiante, Habermas había interpelado públicamente a Heidegger, exigiéndole que explicara su desconcertante alusión a “la verdad y la grandeza profunda” del movimiento nacionalsocialista. Sólo con el paso del tiempo se conocería el verdadero alcance del compromiso del filósofo de la Selva Negra con el nazismo. Sin duda, Martin Heidegger y Carl Schmitt encarnaban bien esa herencia intelectual del pasado nazi.
Por lo demás, en 1993 aún era relativamente reciente, sobre todo en Francia, la publicación de El discurso filosófico de la modernidad, el libro en el que Habermas ajustaba cuentas con los herederos franceses de Nietzsche y Heidegger. Entre ellos Michel Foucault y Jacques Derrida, buenos exponentes de la persistente obsesión antimoderna que, desde los años sesenta del siglo pasado, ha marcado a un sector significativo de la inteligencia francesa.
Visto en retrospectiva, sorprende la notable actualidad de aquel debate. Con el paso de los años, Chantal Mouffe se convirtió en una de las principales referencias de un amplio sector de la izquierda, y con ella, la obra de Carl Schmitt se normalizó. En el otro lado del espectro político, hoy en día el presidente de Estados Unidos enarbola cínicamente la retórica de la “posverdad” y, junto con quienes controlan buena parte de los grandes medios de comunicación y minan el espacio público de las antiguas democracias, da la espalda a la tradición política de Occidente, como lo advertía el propio Habermas en una entrevista publicada en 2025 (The Nation). No resulta difícil entender que el abandono del horizonte democrático delimitado por el Estado de derecho, el desdén de cualquier dimensión ética y la retórica del conflicto agraden a quienes se presentan bajo la figura del hombre fuerte, depredador y sin superyó, ya sea desde la izquierda o desde la derecha.
Contrariamente a lo que muchos han sostenido en estos días, a mi parecer la historia reciente parece inclinarse del lado de Habermas y del pensamiento ilustrado. Mientras los Estados europeos han disfrutado de cerca de ocho décadas de paz gracias a su carácter democrático y constitucional —un tema central en la obra del filósofo alemán—, aquellos países sometidos a un liderazgo autoritario, como la Rusia de Vladímir Putin, viven en un estado de guerra casi permanente. Algo similar puede observarse en Estados Unidos durante la actual presidencia de Donald Trump y, probablemente, mañana será el caso de Xi Jinping quien, a todas luces, prepara una guerra contra Taiwán.
La evolución del régimen teocrático iraní es otro botón de muestra. En sus inicios fue defendido con entusiasmo por Michel Foucault como una alternativa a la modernidad occidental. Hoy resulta evidente que la teocracia dio lugar a un régimen autoritario —que muchos no dudan en calificar de totalitario— capaz de masacrar descaradamente a su propia población. El origen de la ceguera intelectual de Foucault fue identificado con claridad por Habermas: la ausencia de criterios normativos que le permitieran distinguir entre regímenes políticos y su incapacidad para comprender que existen instituciones —como el derecho—que no son meras expresiones de un episodio histórico reciente, sino el resultado de un arduo aprendizaje varias veces milenario, instituciones que hacen posible superar la identificación de las relaciones sociales a meras relaciones de fuerza.
Aunque buena parte de la obra de Habermas se inscribe en el contexto de la posguerra europea y se dirige, en primera instancia, a ese público; aunque en ocasiones, al leerlo, dé la impresión de que nos “habla un lunático”, como ironizaba Karl Popper; y aunque los debates entre Naphta y Settembrini, entre Heidegger y Cassirer, parezcan haber tenido lugar no tanto en Davos como en la Eternidad, el pensamiento de Habermas posee un alcance universal y merece ser estudiado y discutido en todas las latitudes.

