elpost

Investigación, análisis e información.

En el debate sobre la IA, ¿en dónde estamos?

Por Juan Cristóbal Cruz Revueltas

@jccruzr

En 2025, gracias al boom en el mercado de valores de las grandes empresas de inteligencia artificial (IA), la fortuna de sus dueños aumentó, según datos de Bloomberg, más de medio billón de dólares. No extraña que el desarrollo de la IA despierte tanto entusiasmo como temor. Esta ambivalencia se refleja también en las posiciones de los especialistas. Los unos consideran que, a pesar de sus innumerables beneficios, no se deben exagerar las expectativas que depositamos en ella, pues la IA no es sino una mera herramienta. Los otros, al contrario, defienden que ella constituye una irrefrenable revolución en todos los ámbitos. Entre estos últimos se llega a defender incluso que la IA coloca a la especie humana ante una crisis “narcisista” ya que dejamos de gozar el privilegio de ser los únicos seres capaz de resolver problemas intelectuales; y, más grave, nos hace perder, a nosotros como especie, el monopolio de la toma de decisiones. La idea de un desarrollo tecnológico que termina por escapar de nuestro control no es verdaderamente nueva. Ella se encuentra ya, por ejemplo, en el poema El aprendiz brujo de Goethe (1797), o en la obra de Mary Schelley Frankenstein (1818). Respecto a la IA, ella aparece claramente desde 1951 en palabras de uno de los padres de la computación, Alan Turing. En aquellos días Turing, en su texto Maquinaria inteligente, una teoría herética, anota categóricamente: “en algún momento debemos esperar que las máquinas tomarán el control”.

Debido quizás a su tono profético, se entiende que la cultura popular ha retomado algunos de los momentos emblemáticos que han contribuido a dar brillo a esta idea de pérdida de prestigio del homo sapiens. Este es el caso de la serie Revancha (Yan England, Bruno Nahon, 2024) que cuenta la victoria de la computadora Deep Blue en 1997 sobre el maestro del ajedrez Gary Kasparov. La crisis también aparece en la fina novela Maniac (2023) de Benjamín Labatut en la que se narra la derrota, en 2016, del maestro de Go, Lee Sedol, ante AlphaGo, un programa desarrollado por Google DeepMind. En los dos ejemplos, tomados entre muchos otros, se hace hincapié en el instante en que, profundamente consternados, los dos brillantes maestros del juego se dan cuenta que serán irremediablemente superados por la IA. En esta misma línea de ideas se sitúa el libro Nexus (2024) de Yuval Noah Harari que sostiene que las computadoras “toman decisiones y crean por sí mismas nuevas ideas” (Nexus).

 
 

No todo el mundo comparte tan altas expectativas. Ya en 2017 el filósofo francés Jean-Gabriel Ganascia sostenía que nada permite suponer, en el estado actual del conocimiento, que el advenimiento de la singularidad (es decir, la aparición de una IA general igual o superior al ser humano) sea algo que se antoje inminente: “la inteligencia no equivale ni a una frecuencia de ejecución de operaciones elementales, ni a un número de información almacenada en una memoria. Ni el aumento del poder de cálculo ni la capacidad de almacenamiento producen automáticamente inteligencia (El Mito de la singularidad). En su libro más reciente (La IA explicada a los humanos) -es decir, escrito luego de la aparición de las denominadas IA generativas, como chatGPT- añade: “ningún argumento científico serio respalda estas perspectivas. Nadie ve cómo las máquinas podrían tener emociones y adquirir una voluntad propia”. Por otra parte, también Ganascia rechaza el determinismo que suelen adoptar los defensores de la singularidad tecnológica: “en el caso improbable de que estuviéramos en la vía correcta, no sabemos qué problemas inesperados surgirán en el trayecto”. En efecto, en realidad nunca sabemos con toda precisión cuáles serán los efectos finales de una innovación tecnológica. En estos días el Nobel de economía (o premio del Banco de Suecia, si se prefiere), Joseph Stiglitz (LeMonde, 29/ 12 /25), nos da un buen ejemplo a este respecto. De con acuerdo Stiglitz es claro que si la IA no cumple con las enormes expectativas que ha generado, la burbuja financiera que ha generado estallará causando graves daños a la economía mundial; pero si la IA llega a cumplir con dichas expectativas, quizás tendremos como resultado una gran explosión de población desempleada.

No se trata de poner en duda los innumerables beneficios que aporta la IA en una infinidad de campos tan diversos como la medicina, la exploración espacial, el transporte o la ecología. Basta mencionar que los premios Nobel de física y química de 2024 están estrechamente relacionados con los avances en IA. Lo que nos interesa señalar aquí es el hecho que para especialistas como Ganascia o como Yann LeCun, uno de los padrinos de la IA, la IA no es sino una mera herramienta. Ahora bien, al igual que el cuchillo que no sólo sirve para cortar el pan, la IA posee un rostro jánico bajo cuya mirada tendremos que resolver nuestro futuro. En otras palabras, los efectos de la IA, buenos o malos, dependerán principalmente de nosotros, los seres humanos.