La trampa iraní

Juan Cristóbal Cruz Revueltas (31/03/2026)
La trampa iraní en la que Donald Trump está instalando a su país era tan previsible que ya había sido imaginada en 2013 en la trama de Möbius, una película francesa de espías. En el desenlace de este filme, estrenado unos cuatro años antes del primer mandato del actual presidente de los Estados Unidos, el personaje central, Moïse, un espía ruso interpretado por el actor Jean Dujardin, recibe la orden de sus superiores de filtrar a la inteligencia estadunidense el mensaje de que Moscú no se opondrá a una intervención de Estados Unidos en Irán. El propósito perverso de los dirigentes rusos es que los estadunidenses, creyendo tener carta blanca para someter a Irán, terminen finalmente atrapados en un conflicto sin fin. “Más profundamente que en Irak”, dice en la cinta un alto mando ruso. El mensaje es claro: no sólo por el caos en el que hundió a Oriente Próximo, la intervención en Irak -que reunió una coalición de unos 38 países, se prolongó de 2003 a 2011, y tuvo un costo para su ejército de unas 4.500 bajas, además de un costo financiero inmenso- fue un completo desastre para los Estados Unidos.
En este mundo en el que la ficción y la realidad se entrecruzan, uno puede imaginar que Trump ha terminado siendo el destinatario del mensaje del personaje de ficción Moïse. Pero también se podría jugar con la hipótesis de que el presidente de EU sea Moïse. El título de la película “Möbius” y el nombre de Moïse hacen alusión a la banda de Möbius, una superficie con una sola cara y un solo borde, dispuesta de tal modo que si un objeto se desplaza en “línea recta” terminará volviendo al mismo lugar. Volverá al mismo lugar, pero con la curiosa característica de que la imagen que refleja se habrá invertido. Por ejemplo, si el rostro de una persona estaba orientado mirando hacia la derecha, al siguiente giro estará mirando hacia la izquierda, y así sucesivamente. El significado en la película se entiende como el hecho de que la pertenencia al bando amigo o al enemigo se vuelve algo indistinguible. Al final de la película, el mismo personaje Moïse, traicionado por su incapacidad para controlar su libido, ya no sabe para quién trabaja realmente, si para la CIA o para el FSB, la agencia rusa de seguridad.
Si el objetivo inconfesado de Trump fuera algo así como hundir a su país en las arenas de Irán y menoscabar el poderío estadunidense, valdría hacerlo no sin haber debilitado antes las relaciones con sus principales socios comerciales (vía aranceles); de haber socavado la gran alianza militar que encabeza su país (la OTAN); de vulnerar a la Unión Europea en el frente ucraniano; de haber dividido antes a la sociedad américa; o de haber insultado a casi todos los dirigentes del planeta, en particular al más importante aliado de la región como lo es Arabia Saudita. Claro, una sola excepción a este desprecio universal: la Rusia de Putin.
Seguramente este escenario es falso y Trump ama a su país. Lo inquietante es que la ficción se parece cada día más a la realidad y que los Estados Unidos y el mundo pagarán las consecuencias durante varias décadas por las decisiones imprevisibles o quizás demasiado previsibles, del hombre más poderoso del planeta. Hasta ahora los efectos de los delirios, auténticos o simulados, de Trump podían ser enfrentados por sus aliados con una actitud de cautela, a la espera de que pasara el vendaval. Pero ya hemos entramos en una fase en que la ficción choca violentamente con la realidad. “Luego del cinismo y de la locura populista -advierte en una entrevista reciente el filósofo alemán Peter Sloterdijk-, el regreso a la seriedad será terrible”.

