Hungría, Revueltas y Dostoievski

En memoria de José Revueltas a los cincuenta años de su fallecimiento
Juan Cristóbal Cruz R / Anna Kohte (15/04/2026)
Luego de dieciséis años de gobierno iliberal en Hungría, Viktor Orbán ha sido finalmente derrotado en las urnas. Quizás los electores húngaros hayan logrado introducir un giro a nuestro siglo XXI que hasta ahora se ha caracterizado por el ascenso de regímenes autoritarios y el consiguiente debilitamiento de los derechos individuales. De una u otra manera, nos encontramos ante un nuevo capítulo de la eterna confrontación, advertida por Nicolás Maquiavelo, entre aquellos que, como Orbán, desean dominar y aquellos que se resisten a ser dominados. José Revueltas, fallecido hace cincuenta años, también comprendió esta relación. De manera poco ortodoxa para un marxista, percibió que la naturaleza del poder trasciende toda explicación puramente económica o sociológica. Por ejemplo, en su novela Los errores (1964) Revueltas muestra cómo el comité central del Partido condena a Jacobo, alter ego del escritor, “como en todas las épocas y en todas las causas”, a la manera de los eternos inquisidores.
Revueltas explora una veta fecunda abierta por Fiódor Dostoievski. Pensamos, en particular, en el pasaje del “Gran Inquisidor” de Los hermanos Karamazov. Como sucede con El Príncipe de Maquiavelo, es un texto más sugerente si nos damos la libertad de mantener su ambigüedad y aceptamos que puede leerse tanto como una crítica del poder, o como un manual de uso para dirigentes autoritarios (no en vano, Putin se dice lector asiduo del escritor ruso). Aventurémonos a evocar brevemente el texto del Gran Inquisidor: sucede que, durante los años de la Contrarreforma en España, Cristo decide regresar al mundo. Por su radiante figura y la nobleza de sus actos, no tardan en reconocerlo. “Es Él” señala la gente. Sin embargo, al poco tiempo el Gran Inquisidor lo ve y decide inmediatamente sentenciarlo a la hoguera. De manera semejante a la acusación lanzada en la Antigua Grecia contra Sócrates, el mejor de los hombres es de nuevo condenado a muerte por la autoridad y, se sugiere, también por el pueblo ¿Por qué? De acuerdo con el Gran Inquisidor, que, a modo de alumno de Maquiavelo, sólo pretende representar a Dios sin otro fin que el de someter mejor al pueblo, Cristo es culpable de ofrecer la libertad siendo que, en realidad, los seres humanos no la soportan. El Gran Inquisidor sostiene que los seres humanos no pueden sobrellevar el peso de su propia conciencia ni aceptar la libertad abstracta; prefieren la seguridad palpable del pan, el milagro y la autoridad. Se entiende que todo esto último es lo que ofrece la figura del Gran Inquisidor.
En este punto, Dostoievski parece coincidir con una tradición intelectual en la que se inscriben autores que, como Maquiavelo o el autor del Discurso sobre la servidumbre voluntaria, Étienne de La Boétie, sostienen que el juego de poder es algo más complejo que una mera dialéctica amo-esclavo. La historia de la humanidad no sólo incluye a aquellos que quieren dominar y aquellos que no quieren ser dominados, sino también a aquellos que se acomodan y se someten al poder. “Aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”, observa Maquiavelo en El Príncipe. Se trata de un aspecto de la naturaleza humana que ha sido mantenido en silencio durante los últimos cien años por los sectores dominantes en la filosofía y en el pensamiento moral, siendo que tanto la voluntad de someter como el deseo de someterse (la “predisposición autoritaria”, Anne Applebaum) son realidades propias del mundo social. Coincidentemente, ese mismo pensamiento filosófico y social ha intentado convencernos de que la libertad no es sino una ilusión. No extraña que en Revueltas reaparezca la denuncia hecha por Dostoievski y prolongada por Nietzsche: los intelectuales suelen ser la versión contemporánea de los sacerdotes y de los inquisidores: ellos buscan suprimir en los individuos, tal y como Jacobo lo padece en la novela de Revueltas, la voluntad para pensar por sí mismos,
Desafortunadamente, el autoritarismo actual no es sino un episodio más de la perpetua historia de la voluntad de someter. La China contemporánea anticipa ya lo que viene: un modelo totalitario fundado en la alta tecnología: escáneres de reconocimiento facial, rastreo del uso de internet, vigilancia mediante drones… Frente a este horizonte, nos quedan algunas tareas: seguir leyendo a autores tan diversos como Maquiavelo, la Boétie, Dostoievski o Revueltas; no abandonar la pregunta sobre a dónde nos conduce el desarrollo de las nuevas tecnologías; y no dejar de celebrar a los electores húngaros que lograron deshacerse de un líder autoritario apoyado a la vez por Putin y por Trump.

