El peligroso juego del Banco de México

Carlos H. Estrada (27/03/2026)
El Banco de México decidió jugar con fuego.
En contra de lo que anticipaba la mayoría del mercado, la autoridad monetaria recortó la tasa de interés a 6.75%, justo cuando la inflación vuelve a repuntar y el entorno internacional se ensombrece por tensiones geopolíticas. No fue una decisión técnica incuestionable; fue una apuesta muy arriesgada.
El argumento es conocido. La economía muestra señales de debilidad y el nivel de restricción monetaria sigue siendo elevado. Reducir tasas, bajo esta lógica, ayudaría a aliviar el costo del crédito y dar oxígeno a empresas y consumidores. El problema es el momento en el que lo hace.
La inflación no está domada.
Con una tasa anual de 4.63% en la primera quincena de marzo, y cinco lecturas consecutivas al alza, el mensaje parece contradictorio. Más aún cuando el repunte no es menor ni aislado. Alimentos básicos como el jitomate, el tomate verde y el limón registran incrementos, golpeando directamente el bolsillo de los hogares.
Se dirá que se trata de choques temporales, de factores estacionales o de distorsiones en la oferta. Puede ser. Pero esa explicación empieza a desgastarse cuando la inflación subyacente, la que revela tendencias más persistentes, sigue por encima del objetivo y se resiste a bajar.
Ahí está el verdadero riesgo, que lo que hoy se considera transitorio termine filtrándose al resto de los precios.
Banxico insiste en que no hay efectos de segundo orden. Es una afirmación tranquilizadora, pero también frágil. La historia sobre el comportamiento de la inflación está llena de episodios donde esos efectos aparecieron tarde, pero con fuerza.
A esto se suma un factor externo que no se puede ignorar. El conflicto en Medio Oriente. La presión sobre los precios de energéticos ya es evidente, y su impacto no tarda en trasladarse a transporte, alimentos y servicios. Es, en esencia, un choque que tiende a empujar la inflación hacia arriba, justo en el momento en que el banco central decide aflojar.
La división dentro de la propia junta de gobierno dice mucho. No hubo consenso. Dos de sus miembros optaron por la prudencia, mantener la tasa en 7% y esperar, una señal de que el margen de error es estrecho.
Porque de eso se trata, del margen.
Recortar tasas en este contexto no es un error automático, pero sí reduce el espacio de reacción si las cosas salen mal. Si la inflación vuelve a acelerarse, el banco central podría verse obligado a revertir el rumbo, dañando su credibilidad y enviando señales confusas a los mercados.
Y la credibilidad, en política monetaria, lo es todo.
Banxico parece apostar a que la inflación cederá por sí sola mientras la economía necesita estímulos. Tal vez tenga razón. Pero también es posible que esté subestimando la persistencia de las presiones inflacionarias y el impacto de un entorno global cada vez más volátil.
En ese equilibrio, entre crecimiento y estabilidad, el banco central decidió inclinar la balanza.
El problema es que, cuando se trata de inflación, inclinarla demasiado pronto puede salir caro.

