¿Por qué la cuestión racial obsesiona tanto a Estados Unidos? Entrevista con Denis Lacorne

La cuestión racial está en el centro de la historia de Estados Unidos. El politólogo Denis Lacorne explica cómo el miedo al Otro ha ido cambiando de rostro con las distintas olas de inmigración. (Versión original en francés publicada en Le Point, traducción: Juan Cristóbal Cruz Revueltas)
David Doucet (15/11/2025)
Desde la llegada de los primeros esclavos africanos en 1619, la cuestión de la raza acecha la historia de Estados Unidos. En De la race en Amérique (“De la raza en Estados Unidos”) Denis Lacorne recorre el hilo de esa historia atormentada, donde la esclavitud, la segregación y las tensiones identitarias siguen profundizando las fracturas de un país que se sueña igualitario, pero que tiene dificultades para reconciliarse con su pasado.
Le Point: En su libro afirma que la historia política de Estados Unidos es inseparable del referente racial. ¿Cómo se explica eso?
Denis Lacorne: La esclavitud constituye, sin duda, el pecado original de Estados Unidos. Desde 1619, el país adopta esta práctica y, en particular en el Sur, desarrolla una economía basada en las grandes plantaciones dependientes del trabajo de miles de esclavos. Este periodo se extiende durante varios siglos, hasta la guerra de Secesión. La esclavitud está profundamente arraigada en la historia política, social y económica de Estados Unidos. Las tensiones se intensifican cuando los estados del Norte, mayoritariamente abolicionistas, se oponen a los del Sur, ferozmente apegados a la esclavitud. La cuestión se vuelve aún más compleja con la integración de nuevos estados: ¿adoptarán o no la esclavitud?
Este debate alimenta las divisiones y sigue siendo fuente de conflicto hasta el estallido de la guerra de Secesión.Un aspecto fascinante reside en la Constitución de Estados Unidos, un texto casi sagrado para los estadounidenses, que nunca menciona explícitamente la palabra “esclavitud”. Sin embargo, está presente de manera implícita, mediante expresiones como “otras personas” para designar a los esclavos. El primer traductor francés de la Constitución ya había notado que la palabra “esclavo” resultaba tan perturbadora que los redactores prefirieron evitarla. Así, la esclavitud está inscrita en los cimientos mismos de Estados Unidos. Tras su abolición, fue reemplazada por un sistema de segregación institucionalizado que perduró hasta los años 60, prolongando las desigualdades y discriminaciones heredadas de ese oscuro periodo.
Usted menciona también en su libro una tensión entre la afirmación racial y la tendencia a ocultar la raza. ¿Cómo ha moldeado esta dualidad la historia de Estados Unidos?
Esa dualidad dio lugar a dos relatos en competencia sobre la nación estadounidense. El primero pone el acento en la raza y la justifica en nombre de una pseudociencia que se desarrolla en el siglo XIX: el racismo científico. Este movimiento, respaldado por sabios de la época, pretendía que existían razas biológicas jerarquizadas, lo que servía para justificar la esclavitud.
El segundo relato, más político, se inspira en la Ilustración europea y pone el acento en la igualdad como fundamento de la democracia americana. Tocqueville, por ejemplo, habla del movimiento irresistible hacia la igualdad en las sociedades modernas. Pero esa igualdad, aunque proclamada, se ve traicionada en la práctica por la persistencia de la esclavitud, sobre todo en el Sur. Lo sorprendente es que la palabra “igualdad” no aparece en la Constitución estadounidense sino hasta la adopción de la Decimocuarta Enmienda, en 1868, tres años después del fin de la guerra de Secesión. En el texto original, ese término está ausente.
¿Cree que esta conciencia racial es específica de Estados Unidos?
No, no hay una excepción estadounidense. Estados Unidos no es más que una colonia entre otras, como las colonias holandesas o inglesas. La diferencia es que en países como Francia o Inglaterra la esclavitud ya no existía desde hacía tiempo en la metrópoli, pero se desarrollaba en la periferia, en las nuevas colonias. Eso les permitía percibirse como naciones emancipadoras, olvidando lo que sucedía en las colonias, sobre todo en las islas del Caribe. En Estados Unidos es distinto: la esclavitud está en el centro del país, salvo si dividimos entre los estados del Norte, abolicionistas, y los del Sur, esclavistas. La Constitución intentó reconciliar esas dos realidades mediante compromisos muy discutibles sobre la cuestión de la esclavitud.
¿Qué papel desempeñó la religión en el refuerzo de esta visión racial?
La religión jugó un papel importante. Incluso antes del desarrollo del racismo científico en el siglo XIX, la esclavitud se justificaba con argumentos religiosos. Por ejemplo, se invocaba la historia de Noé en el Génesis para legitimar la esclavitud. Luego, en el siglo XIX, el racismo científico tomó el relevo. Antropólogos y otros estudiosos pretendían que existían razas biológicas jerarquizadas, con diferencias de comportamiento y de carácter. Estas teorías influyeron profundamente en las mentalidades, no solo en Estados Unidos, sino también en Europa, especialmente en Francia y Alemania.
En su libro explica que el miedo a la inmigración contribuyó a perpetuar los prejuicios racistas mucho después de la abolición de la esclavitud.
Sí, ese miedo se manifiesta a través de la racialización de los inmigrantes. En el siglo XIX, los irlandeses que huían del hambre eran caricaturizados con rasgos simiescos y piel oscura; los italianos del sur eran descritos como africanos… Madison Grant, en su libro La desaparición de la gran raza, hablaba de la invasión de hordas de inmigrantes provenientes del este y del sur de Europa. Utilizaba ese discurso para infundir miedo y perpetuar los prejuicios raciales. Esa racialización del extranjero condujo a leyes muy restrictivas sobre inmigración, como la de 1924, que imponía cuotas extremadamente estrictas para limitar la llegada de inmigrantes del sur y del este de Europa.
Hitler erigió esas leyes estadounidenses en ejemplo en Mein Kampf…
Hitler admiraba las leyes estadounidenses, especialmente la de 1924, que limitaba la inmigración judía y mediterránea. Veía en ella un modelo a seguir para Alemania, un medio para preservar la “pureza” étnico-racial de la nación.
¿Cree que esas ideas siguen influyendo en el debate público actual?
Sí, esas ideas reaparecen en ciertos discursos contemporáneos, ya desde los años 70 y, más aún, hoy, con Donald Trump, que asimila de buen grado a los inmigrantes con criminales, potenciales terroristas, violadores o narcotraficantes. Estas nociones de jerarquía racial y ese temor a la inmigración siguen alimentando ideologías supremacistas.
Usted menciona que argumentos similares a los de los años 70, defendidos por figuras como Peter Brimelow y Pat Buchanan, son retomados hoy por Trump. ¿Puede explicar esa continuidad?
Sí, por supuesto. Estos argumentos denuncian el riesgo de un “gran reemplazo”. Para ellos, la gran amenaza es que dentro de veinte o treinta años la mayoría blanca en Estados Unidos sea reemplazada por una mayoría de minorías de color. Ese miedo es recurrente en la historia americana. Existen títulos de libros como El suicidio de América, que han sido retomados por figuras como Éric Zemmour en Francia. Es una retórica del declive de Estados Unidos, del derrumbe de los viejos valores y de la desaparición de la identidad blanca y cristiana.
Estas ideas están tan arraigadas que figuras francesas como Renaud Camus, con su teoría del “gran reemplazo”, son citadas con frecuencia en el entorno de Trump. Asesores influyentes como el periodista Steve Bannon, Stephen Miller (jefe adjunto del gabinete presidencial encargado de inmigración) o Tom Homan, el “zar de la frontera” de la Casa Blanca, se inspiran directamente en ellas. Lo llamativo es que este miedo al “gran reemplazo” suele ir acompañado de una visión apocalíptica del futuro de Estados Unidos. Se habla de la desaparición de los valores tradicionales, del derrumbe de la civilización occidental y del ascenso de las minorías étnicas, que según Trump podrían “envenenar la sangre de América”.
¿Quiere decir que Renaud Camus ejerce una influencia real en esos círculos?
Sí, es citado con frecuencia, al igual que otros autores franceses. Tucker Carlson, por ejemplo, cuando era periodista en Fox News, retomó estas ideas en numerosas ocasiones. Un artículo del New York Times muestra que Carlson citó a Camus más de 400 veces. Eso demuestra hasta qué punto esta visión catastrófica de la inmigración —que racializa al inmigrante— se ha vuelto una obsesión en ciertos sectores conservadores. Lo interesante es que esta retórica no se limita a la inmigración ilegal. Abarca también cuestiones más amplias, como la “diversidad” cultural, el lugar de las minorías en la sociedad e incluso debates sobre el género y la sexualidad. Todo ello se percibe como una amenaza a la identidad tradicional estadounidense.
Y Trump utiliza esta retórica para atacar al Partido Demócrata, ¿verdad?
Exactamente. Trump acusa al Partido Demócrata de ser el partido de las minorías étnicas y de facilitar la inmigración ilegal con la esperanza de que esos nuevos llegados voten por los demócratas. Según él, eso volcaría de manera definitiva la mayoría en favor de los demócratas, haciendo imposible que los republicanos recuperarán el poder. Por eso propone suprimir el derecho de suelo, inscrito en la Constitución. Espera, negando la ciudadanía a los hijos de inmigrantes nacidos en suelo estadounidense, privarlos a la larga del derecho al voto y de la posibilidad de reagrupar a sus familias en Estados Unidos.
Trump se presenta como el defensor de una América cristiana, blanca y profundamente religiosa. Ha publicado su propia versión de la Biblia, la God Bless the USA Bible, y acaba de promulgar en febrero de 2025 un decreto presidencial titulado oficialmente “la erradicación de los prejuicios antirreligiosos contra los cristianos”.
Al leer su libro, vemos que las teorías raciales nunca han dejado de circular entre Estados Unidos y Europa. Figuras como Madison Grant inspiraron a Renaud Camus o Éric Zemmour antes de que estos, a su vez, influyeran en los debates estadounidenses.
Hay una circulación constante de ideas entre ambos continentes. En Francia solemos centrarnos en la influencia de los autores estadounidenses, pero olvidamos que autores franceses como Jean Raspail (autor de El campamento de los santos) y Renaud Camus ejercen una verdadera influencia en Estados Unidos. Estas ideas de “avalancha” o de “gran reemplazo” se debaten en ambos lados del Atlántico. Lo interesante es que esas ideas viajan, se transforman y regresan. Por ejemplo, conceptos desarrollados en Estados Unidos como el eugenismo y el racismo científico en el siglo XIX influyeron en pensadores europeos. Luego, ideas como las de Camus o Zemmour regresan a Estados Unidos, donde son retomadas y amplificadas por figuras como Trump, Bannon, Carlson o Stephen Miller.
En su libro usted también reconstruye el avance de la emancipación negra, pero también los retrocesos ocurridos tras la guerra de Secesión. ¿Cuáles considera que son los momentos clave?
La emancipación negra es un proceso largo y complejo. Podría pensarse que, tras la guerra de Secesión, con la abolición de la esclavitud en 1865, todo quedaba resuelto. Pero no fue así. Después de la guerra, los blancos del Sur hicieron todo lo posible, por medios legales e ilegales, para impedir que los negros votaran. El Sur, dominado entonces por el Partido Demócrata, instauró leyes segregacionistas que duraron décadas. El movimiento por los derechos civiles, simbolizado por Martin Luther King y otros líderes como John Lewis, fue un momento clave. Pero hubo etapas anteriores, como el movimiento de Marcus Garvey, que defendía el retorno a África y un nuevo orgullo étnico. Más tarde, grupos como The Nation of Islam, con Elijah Muhammad y Malcolm X, los Black Panthers en los años 70, y más recientemente el movimiento Black Lives Matter, también desempeñaron un papel al reivindicar una identidad negra diferenciada.
¿Cómo será América en 2050?
No se puede predecir con certeza cómo será la nación estadounidense dentro de veinte o treinta años. Probablemente estará compuesta mayoritariamente por hispanos, asiáticos, negros y, sobre todo, mestizos.
Podemos imaginar el advenimiento de una nación multirracial donde los blancos de origen europeo se conviertan en minoría sin que nadie le dé importancia. De la misma forma que nadie se dio cuenta cuando, en los años 30, los “nórdicos” comenzaron a casarse con inmigrantes de origen irlandés, alemán, italiano, ruso o polaco. La catástrofe anunciada nunca llegó. Los “nuevos inmigrantes” tan amenazantes se convirtieron en “viejos inmigrantes”, relativamente bien integrados.
¿Cree que Estados Unidos podrá algún día superar completamente la cuestión racial?
Es una utopía, pero hay señales alentadoras. Por ejemplo, desde el año 2000 el censo estadounidense permite declarar pertenencia a varias razas, lo que refleja una sociedad cada vez más mestiza. Hoy, cerca de 34 millones de estadounidenses (el 10 % de la población) se declaran multirraciales. Los matrimonios mixtos, un signo claro de integración, están en aumento. Entre los hispanos, el 30 % se casa con no hispanos; entre los asiáticos, el 29 %; y entre los negros, el 18 %. Estas cifras muestran un lento progreso hacia una sociedad compleja y plural, que escapa a las viejas categorías raciales.
Pero este mestizaje sigue siendo limitada a ciertas regiones, ¿no es así?
Sí, sobre todo en las grandes metrópolis como Nueva York, Miami, Houston, Los Ángeles o San Francisco. En las regiones rurales o en el Medio Oeste, donde la población es mayoritariamente blanca y conservadora, la mezcla es mucho menos visible. Es precisamente allí donde los inmigrantes generan más inquietud, y donde el miedo al declive de los blancos es más fuerte.
¿Es optimista respecto al futuro de Estados Unidos?
Soy optimista a largo plazo y pesimista a corto plazo. A largo plazo, creo —como lo imaginaba Tocqueville— que existe un movimiento hacia más igualdad y menos discriminación. A corto plazo, el trumpismo causará mucho daño a las universidades, a las escuelas, a los científicos, a la medicina y a la libertad de expresión.
Pero los tribunales, e incluso la Corte Suprema, frenarán los excesos de Trump. Y no podrá, por más que lo diga, expulsar a 11 millones de inmigrantes supuestamente indocumentados: están demasiado integrados en la economía estadounidense. Existe un “Estado de derecho” sacudido por Trump, pero que resiste. Lo veremos más claramente en los próximos meses.
Fuente: Le Point, “Pourquoi la question raciale obsède-t-elle autant les États-Unis ?”, 15 de marzo de 2025. Denis Lacorne, De la race en Amérique, Gallimard, marzo de 2025, 240 páginas.

