Teuchitlán

Israel Covarrubias (12/03/2025)
Teuchitlán es la punta del iceberg. No es un caso aislado, pero sí una singularidad atroz. Una experiencia límite donde no hay palabra que alcance para comprender lo que ahí ha sucedido. Paralizados por no saber qué hacer, aquí y ahora, utilizamos la moral del esclavo con la esperanza vana de que la fuga reactiva sea un aliciente que nos libre de la sangre y el horror que es nuestro alimento diario.
Teuchitlán es un dolor continuo e insoportable. Un dolor que crece con cada comentario y con cada gesto de indignación. Pero, ¿es esto suficiente para llenar nuestro vacío doliente? Es decir, ¿cómo podremos colocarle un dique a la atrocidad que llamamos desaparición? En primer lugar, debemos decir que no existe dolor compartible. Las madres y los padres de las/los jóvenes que son ahora un par de zapatos o tenis, una carta de despedida, una imagen, un recuerdo de vida, necesitan solidaridad, no protagonismos. En segundo lugar, dejar de lado la ética del recuento de los daños que solo obnubila la mirada. Los zapatos indican que el exterminio sigue presente, pero oculto. ¿Queremos realmente develarlo? Esta imposibilidad nos constituye, no es un hecho ajeno, ya que sugiere que vivimos en un país que le abrió la puerta a la furia de la catástrofe.
Teuchitlán es además la expresión de la inacción de los tres órdenes de gobierno. Evidentemente hay responsabilidades por omisión o complicidad del gobierno estatal y municipal, pero quizá el gobierno federal tiene la mayor responsabilidad, porque él es el encargado de dirigir a buen puerto el destino de la población de este país. En este sentido, las declaraciones del fiscal general de la república son perversas, pues sabe muy bien qué quiere decir y cuál es el efecto de sus palabras: identificar lo inhumano como una forma localizable en una mezcla de complicidad y danza macabra de unos cuantos, no el país en su conjunto.
Teuchitlán nos obliga a detenernos, romper la flecha del tiempo y exigir que esto ya no siga pasando. ¿Cómo? Hay que salir a las calles, detener todas las actividades, visibilizar el problema en cada esquina, en cada plaza, en cada ciudad del país, gritar cada vez más fuerte, espetarle a la presidenta ¡ya basta! Es tiempo de cambiar la velocidad de la politiquería demagógica, y subrayar el efecto negativo para todas y todos de esta suerte de grado cero de la vida en común mexicana. Me parece frívolo seguir hablando de democracia como una forma política alejada del país de los exterminios cotidianos.

