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Sudán, la mayor tragedia humanitaria de nuestros días

Anna Kohte / Juan Cristóbal Cruz Revueltas (11/05/2026)

“No había nada salvo gente tratando de sobrevivir” es la vivencia que Nasr relató al enviado del canal de noticias Al Jazeera (27 de abril de 2025). Nasr es uno de los innumerables desplazados en medio del “conflicto más nihilista del planeta” (Anne Applebaum, The Atlantic, 09.25), mismo que padece, desde hace tres años, Sudán, uno de los países más pobres del orbe. Esta guerra civil ha sido tan ignorada que la organización Reporteros sin Fronteras (Le Monde, 15 de abril de 2025) lanzó hace un año una iniciativa para denunciar la poca atención que ha recibido en los grandes medios de información. Detrás de las bambalinas del gran escenario mundial, un país poblado por unos cincuenta millones de personas está siendo literalmente devastado. Todo esto se debe al enfrentamiento entre los dos señores de la guerra que antes habían sido los pilares armados de la ahora derrocada dictadura islamista del general Omar al-Bashir: las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido, dirigidas, respectivamente, por el coronel Abdel Fattah Al-Bourhan y por Mohammed Hamdan Daglo. Ahora bien, si ninguno de estos dos bandos militares ha podido lograr una victoria decisiva, ello no impide que sus jefes sean ahora poseedores de grandes fortunas bien salvaguardadas en otros países (Le Monde, 24 de abril de 2026). El costo para el resto de los habitantes de Sudán ha sido devastador: se calcula que este conflicto ha causado ciento cincuenta mil muertos, catorce millones de desplazados y veinte millones de personas en situación de inseguridad alimentaria. Por lo demás, como es usual en este tipo de conflictos, ambos bandos han echado metódicamente mano de la violencia sexual como arma de guerra contra mujeres y niñas (“Sudán: Widespread Sexual Violence in the Capital”, hrw.org). En particular, según el mismo informe, esta “táctica” es utilizada por parte de las llamadas Fuerzas de Apoyo Rápido. Ante este escenario, no extraña que Tom Fletcher, un alto funcionario de la ONU, vea en los actuales sucesos de Sudán “el peor laboratorio de atrocidades” de nuestro planeta (Tom Fletcher, The New York Times, 15 de abril). Si todo eso fuera poco, el conflicto de Sudán tiene también un gran potencial desestabilizador para todo el noroeste de África. Sudán tiene frontera con siete Estados que, como observa el empresario anglo-sudanés Mohamed “Mo” Ibrahim, en su mayoría “son frágiles, confrontados con insurrecciones internas y con tensiones externas” (Le Monde, 22 de abril de 2026).

“¿Por qué esta guerra salvaje, brutal?”, se pregunta Mohamed Ibrahim en el mismo texto. “¿Con qué fin? ¿Qué buscan los dos campos adversos?”. “No veo nada, responde, sino la sed de poder y de riqueza que eso procura”.

Con Sudán estamos ante un caso más de colapso de un Estado. En las últimas décadas, la lista de Estados fallidos incluye a Siria, Libia, Yemen y Afganistán: países en donde no hay un Estado que garantice tareas estatales esenciales como lo son el control de las fronteras, el monopolio de la fuerza legítima, servicios de calidad a sus habitantes, estabilidad económica y confianza en las instituciones. La situación es preocupante cuando sabemos que, hasta hace no mucho, el principal factor de estabilidad mundial, los Estados Unidos, se ha vuelto un gran factor de inestabilidad. Nótese que antes de la vuelta al poder de Trump, los Estados Unidos habían aportado unos 640 millones de dólares de ayuda humanitaria a Sudán. Ahora Trump ha congelado este financiamiento. Se entiende que, bajo este nuevo contexto, la periodista y escritora Anne Applebaum vea el colapso de Sudán como un efecto del colapso del orden mundial. Pero no se debe ver esto como una prueba de la inviabilidad de la democracia y de los derechos humanos. Todo lo contrario: en Sudán y en otras partes del mundo estamos viendo lo que sucede cuando esos principios no son aplicados y son meramente ignorados. Sin ellos Nasr difícilmente podrá sobrevivir.