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Pacta García Harfuch con la DEA

Carlos H. Estrada (17/03/2026)

El encuentro entre Omar García Harfuch y el director de la Administración de Control de Drogas, Terrance Cole, en Washington, no es un hecho menor ni una simple reunión protocolaria. Es en realidad una señal clara de hacia dónde se encamina la política de seguridad del gobierno de Claudia Sheinbaum. Una apuesta por la cooperación estrecha con Estados Unidos en uno de los temas más delicados de la agenda bilateral, el combate al narcotráfico.

Durante años, la relación entre México y la DEA ha sido compleja, marcada por tensiones, episodios de desconfianza e incluso choques diplomáticos. La detención del general Salvador Cienfuegos en 2020 evidenció hasta qué punto la coordinación podía romperse. En ese contexto, el acercamiento encabezado por García Harfuch representa un giro pragmático que busca dejar atrás la confrontación y priorizar resultados.

El discurso oficial no deja lugar a dudas. Se habla de fortalecer la cooperación, frenar el tráfico de armas hacia México y reducir la violencia mediante detenciones relevantes. También se plantean preguntas inevitables sobre los límites de esa colaboración. ¿Hasta dónde debe llegar la injerencia de agencias estadounidenses en territorio mexicano? ¿Cómo garantizar que la cooperación no vulnere la soberanía nacional?

En teoría, se trata de construir una relación de corresponsabilidad, donde ambos países reconozcan que el problema del narcotráfico es compartido. México pone los muertos; Estados Unidos, el consumo y buena parte del flujo de armas. Sin una acción coordinada, cualquier estrategia unilateral está condenada al fracaso.

El respaldo del embajador Roland Johnson refuerza la narrativa de éxito. Habla de “resultados concretos” y de una cooperación histórica que se fortalece. Este acercamiento también tiene una lectura política interna. García Harfuch se consolida como una de las figuras clave en la estrategia de seguridad de la actual administración, y su interlocución directa con Washington lo posiciona como un operador eficaz en un terreno donde otros han fracasado.

La cooperación con la DEA no es, por sí misma, ni una solución mágica ni una amenaza inevitable. Es una herramienta. Su éxito dependerá de cómo se utilice. Con inteligencia, con límites claros y, sobre todo, con el objetivo de proteger a los ciudadanos. Porque al final, más allá de acuerdos y declaraciones, lo que está en juego no es la relación bilateral, sino la agenda de seguridad.