Elogio de la ausencia

Israel Covarrubias (17/06/2025)
La identidad fue uno de los cimientos de la modernidad política y cultural. Basado en el principio de la consolidación del yo, la no contaminación y la esencialización de la existencia, ella fue el mecanismo de articulación de la nación dentro de la formación del Estado. Es fundamental en el proceso de invención de la comunidad de pertenencia: ethnos más que ethos, particularismo más que universalismo. Por ejemplo, somos franceses, porque no somos norteamericanos o mexicanos, etc.
El proceso de nation building no coincidió con el del state building. Esto que es claro desde el siglo XIX, provoca que la singularidad sea concebida a partir de la “identificación” de todo aquel que no coincide con lo propio en cada comunidad, ni simbólica ni físicamente dentro del espacio político que comparten. Así nace la figura del otro como “salvaje” o “incivilizado”, que en Occidente tiene sus primeras expresiones en el mundo griego. Es decir, el otro es forzado a volverse una presencia para que visibilice toda la negatividad de la identidad. Por ello, el salvaje atenta en contra de los valores (ethos) que reproduzco dentro mi comunidad (ethnos).
Ahora bien, la modernidad señala que la incorporación de la otredad, tanto en la forma de la exclusión-aniquilación como en la forma de la inclusión-incorporación, es una operación fundamental para el desarrollo de la libre personalidad y el intercambio social dentro de la vida en común en cada Estado, así como en el desarrollo de la relación entre Estados. De hecho, sin la aparición de la otredad, pierde sentido el proyecto de universalización de las ideas y los valores modernos como la libertad, la igualdad, la fraternidad, la tolerancia, la secularización, la legalidad, etc.
Hoy, la figura del otro entendida como discrepancia política es un resabio de aquella ficción moderna. Confirma su presencia para legitimar las dos formas antidemocráticas por excelencia: el clasismo y el racismo. Estas son formas de particularismo que actúan como el carburante de las acciones sistemáticas de acoso y exterminio que observamos en la Franja de Gaza en contra de los palestinos, en el juego guerrero entre Israel-Irán, en las acciones de persecusión estatal de cariz paranoica expresadas en la política de Trump en las múltiples redadas en contra de migrantes latinos en Estados Unidos, y en la indiferencia europea frente a las nuevas guerras y exterminios globales.
Lo anterior señala la dirección que los Estados han tomado dentro del mundo global. Hoy somos testigos de la supresión del universalismo que incluía al otro, ya que su versión más edulcorada del llamado “universalismo de la diferencia” ha fracasado de manera rotunda. Asimismo, vemos cómo la tensión que produce el otro es resuelta a través de la guerra a partir de la introducción de la opacidad fundamentalista que, colocada como nueva forma de identidad de cristianos, judíos y musulmanes, confirma que la nación ha colonizado praácticamente todo el espacio político de la estatalidad, incluso volviéndose más relevante que el Estado.
Finalmente, las grandes potencias nos han empujado hacia el olvido de uno de los cimientos del contrato democrático que nació al término de la segunda posguerra, y que en palabras del filósofo francés Claude Lefort, sugiere que el lugar del poder en la democracia es un espacio vacío. Por ello, el otro como forma de vida marca el universo existencial y colectivo de la ausencia, más que de una presencia. De este modo, no puede surgir el cese al fuego de las nuevas guerras intestinas y globales, y mucho menos una noción de porvenir, si todo ya está colmado.

