El anatema de Trump (primera parte)

Israel Covarrubias
01/11/2024
El año pasado publiqué La fascinación del populismo. Razones y sin razones de una forma política actual (Debate, 2023), donde dediqué un capítulo a la figura de Donald Trump. A partir de hoy y hasta el día de las elecciones en Estados Unidos, compartiré algunos estractos de mis reflexiones contenidas en mi libro y que me parecen siguen vigentes en el actual contexto político norteamericano.
Trump, como el perfecto arribista que es, debe ser colocado como la apoteosis de la comunicación exponencial de nuestra época, donde las redes sociales son el campo de batalla para el desarrollo de la controversia social global, ya que en ellas la mayor parte del tiempo predomina la incoherencia de la argumentación y la necesidad del efecto rápido que premia los estados anímicos de cualquier signo. Lo peculiar es que, con cada objeción en el régimen de la comunicación, con cada señalización de sus pifias en redes y en los medios de comunicación tradicionales, en vez de que su visibilidad disminuya, parece que el efecto era siempre inverso: en cada ocasión, sus accidentes lo fortalecen.
Con mucha probabilidad, esa fuerza de recuperación está vinculada con la estima desbordada que tiene de sí mismo en el campo de los negocios, como demuestra una y otra vez a lo largo de su famoso programa de televisión The Apprentice. Sobre el tema, el filósofo Aaron James dice en Trum. Ensayo sobre la imbecilidad: “Todos podemos coincidir en que el de Trump es un caso terminal de lo que Jean-Jacques Rousseau llamaba ‘amor propio’, o, por expresarlo de un modo aproximado, de una autoestima muy agudizada”. por su parte, en El show de Trump. Perfil de un vendedor de humo, el periodista Mark Singer sugiere que sus alardes triunfalistas que escupe acerca del poder económico que ha amasado son producto de “transformar el dinero de otras personas en su propia riqueza”. Una biografía empresarial en el campo de los bienes raíces, el ramo de la construcción, los concursos de belleza y los casinos, que reproduce los clichés y las conductas de los plutócratas de la época contemporánea —aunque no sean expresiones exclusivas de esta última—, explica que tenga tan buena estima entre los oligarcas rusos, con quienes departe sin empacho.
Mientras fue presidente, vale la pena destacar que no había semana en la que no fuera la noticia a nivel mundial. Esta atracción contradictoria, fascinante y repulsiva, tiene un aire de “familiaridad inquietante”. Sin duda, está relacionada con el anatema que el personaje ha construido: camina por un corredor retórico que mezcla una antipatía “genuina” que fascina, producto de su infatigable ignorancia y simpleza políticas, y una marcada tendencia a la exageración. Como lo sostiene Singer, es un “adicto a la hipérbole, que tergiversa por diversión y en beneficio propio […] un hombre a la vez resbaloso e ingenuo; calculador hábil; ciego, sin embargo, ante las consecuencias”.
Estos son algunos rasgos de la fascinación que hacen de él un fenómeno complejo para el análisis en el campo de la ciencia política. Esta cara de la fascinación está alejada de una concepción “débil” de la ideología como falsa conciencia. Veamos por qué.
Para el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico de Juan Corominas, la palabra “fascinación”, del latín fascinare, quiere decir “embrujar”, y derivado de fascinum, “embrujo”. Para el Diccionario de la Lengua Española, fascinación significa “atracción irresistible”, pero también “engaño o alucinación”. El juego fascinante de Trump ilustra nuestra precaria forma de estudiarlo. Podemos caminar con seguridad al exponer las razones del voto y la diseminación territorial de este en ciertas regiones conservadoras norteamericanas. Asimismo, podemos asegurar que hace cuatro años no fue efecto de una administración mediocre, pues su entonces antecesor, Barack Obama, puede ser criticado en varios frentes, pero no por mediocre, mucho menos por tibio, y ni siquiera por antipático. Por lo demás, hasta el momento de su expulsión de la esfera digital, Trump inundaba las redes sociales con un sistemático despilfarro de frases inconexas, provocaciones y bravuconadas que lo mostraban “tal cual era”, sin tapujos, sin refinamiento, un hombre sin cultura. Por ejemplo, dice nuevamente Mark Singer, de su entonces contrincante presidencial, Hillary Clinton, espetó en Twitter: “Si no puede satisfacer a su marido, ¿qué le hace pensar que puede satisfacer a Estados Unidos?”.
El problema no radica en el personaje, sino en que los medios de comunicación a nivel global estuvieron por mucho tiempo “enganchados” (hooked) en una adicción propia de la lógica y el dinamismo político de la administración de Trump. No podían dejar de observar sus exabruptos, al grado de que, con cada acto y escándalo que protagonizaba, por grave o hilarante que fuera, la crítica mediática se volvía superflua. ¡Y vaya que abundaron las críticas sobre su figura alrededor del mundo! Uno de sus críticos, el periodista Mark Singer, dice: “Por momentos, el espectáculo era tan inquietante que casi resultaba imposible verlo. Detrás de la barrera (concretamente en el sofá de mi sala), mi vergonzante secreto era que no podía apartar la mirada”. En suma, es una potente droga que alimenta los estados de ánimo de sus electores y detractores.

