Michoacán otra vez

Israel Covarrubias
El asesinato de Carlos Manzo en Uruapan, Michoacán, confirma la dualidad funesta del discurso político en que vivimos. La primera cara es la de los políticos con mucho poder, quienes fervorosos se pasean por los bordes reales del Estado de derecho. Pero es una realidad a condición de que sea la que ellos configuran, porque viven en esa realidad y que, por un acto de voluntarismo, piensan que se extiende a todo el conjunto de la sociedad. La segunda cara es donde viven los “otros” políticos que, con un poder minúsculo, hacen del quijotismo su arma y su bandera.
Los primeros se ocupan exclusivamente del recuento de los daños, y de que su popularidad no decaiga. Al contrario, se empeñan mucho para que aumente al salir al paso para decir que todo marcha de maravilla. Los segundos, son políticos que dicen “no” a este estado de cosas. Logran una enorme visibilidad por ese grito en el desierto. Fue el caso de Carlos Manzo, quien desde que asumió funciones declaró una guerra directa a los grupos criminales, quienes finalmente parece que le quitaron la vida. Como si fuera una broma de mal gusto, sucedió precisamente en el día de muertos. Tal vez Carlos era un muerto en vida desde que decidió no alienarse a la política del primer grupo.
¿De qué sirve la llamada urgente al gabinete federal de seguridad luego del asesinato? Me parece que es un gesto tardío, un acto de irresponsabilidad, porque en ese llamado sí hay Estado de derecho. Repito, es el que ellos configuran y corresponde a su imagen y semejanza.
Sin embargo, lo más importante es preguntarnos cuántos políticos minúsculos hay por aquí y por allá en el país. Comprometidos con los ciudadanos que los eligieron y que en vez de salir en tik tok todos los días, ponen su cuerpo para ser acribillados.
Seguimos en un país en donde hay muertos que valen más que otros. Los del primer grupo son muertos exquisitos, nombrables, homenajeables. Los del segundo grupo llaman la atención una vez que son asesinados para confirmar la certeza de que hay Estado de derecho, que este no es una quimera más. Así sucedió con el gobernador de Michoacán, que rápidamente nos dice que el tirador fue abatido en el sitio del ataque, pero no nos dice que fue abucheado en el funeral de Carlos Manzo.
Quienes están convencidos de que hablar de este asesinato es hacerle el caldo gordo a la oposición es de una bajeza inhumana. Habla pésimo del lugar que ocupan las víctimas y la vida en el contexto social y político actual. Frente a ello, debemos decir “no” las veces que sea necesario.

