Elecciones presidenciales en Bolivia y la persistente crisis de representación

Franco Gamboa Rocabado
Bolivia sufre una crisis de Estado y de representación política muy profunda, tal vez la peor de los últimos treinta años. A pesar de haberse realizado con éxito la primera vuelta electoral el 17 de agosto de 2025, la segunda vuelta arrastra significativos conflictos estructurales. Si bien el triunfo electoral del candidato del Partido Demócrata Cristiano (PDC), Rodrigo Paz, en cinco regiones del país, incluido el bastión simbólico de La Paz que el Movimiento Al Socialismo (MAS) solía detentar, la victoria constituyó una sorpresa política y, simultáneamente, un deseo imparable por nuevos liderazgos. Paz nunca tuvo una estructura partidaria bien organizada y tampoco una maquinaria mediática significativa, sino que apareció como una opción inesperada, capitalizando el malestar social acumulado en 20 años de gestión del MAS.
Su victoria no se explica por la fuerza de un sólido proyecto político, sino, más bien, por el vacío que dejó el colapso del MAS desde el año 2019, acompañado por una erosión de la credibilidad de los actores tradicionales de oposición; en este caso, de la vieja casta de derecha, encabezada por Jorge Quiroga y Samuel Doria Medina.
La victoria de Rodrigo Paz encaja tranquilamente en la noción de significante vacío, propuesta por el sociólogo argentino, especialista en populismo, Ernesto Laclau. El populismo no surge de un programa ideológico consistente, ni de una doctrina homogénea, sino de la capacidad de un líder para concentrar, en su figura o en su discurso, demandas sociales heterogéneas que “carecen de representación”. El significante vacío funciona como un espacio simbólico, sobre el cual los distintos sectores sociales proyectan sus frustraciones, expectativas y deseos, sin que, necesariamente, exista un contenido sustantivo que se encuentre por detrás.
El MAS, que durante 20 años monopolizó la representación política a través del indianismo, entró en una crisis irreversible, luego de la renuncia de Evo Morales y el fraude electoral del año 2019. Desde entonces, el partido se fracturó en luchas internas entre Evo Morales y el presidente Luis Arce (2020-2025). Mientras el discurso emancipador se degradaba a una disputa clientelar por cuotas de poder, la narrativa de justicia social y dignidad indígena perdió credibilidad, eclipsada por la corrupción, el desgaste de la gestión de Arce y una terrible ineficiencia estatal.
El voto, que alguna vez fue leal al MAS, se convirtió en voto flotante: un electorado acostumbrado a ser mayoría, pero que en agosto de 2025 buscaba refugio en otras opciones que ofrecieran, al menos, la ilusión de novedad. Rodrigo Paz captó este voto, no porque representara una continuidad de aquel proyecto indianista, sino porque logró encarnar un nuevo populismo, sobre el cual se sustentó el rechazo al viejo orden. El triunfo en la primera vuelta se debió a la capacidad de Paz para absorber, simbólicamente, la energía de un desencanto masivo con el MAS y, sobre todo, con Evo Morales.
A diferencia del populismo del MAS, centrado en la reivindicación indígena y en un proyecto de izquierda radicalizado en el socialismo del siglo XXI, el populismo que encarnan Rodrigo Paz y el PDC es atípico. No se construye desde el indianismo, ni desde la promesa socialista, sino desde una narrativa de renovación, reclamos de decencia y proximidad con la “gente común”. Su fuerza radica en no estar claramente definido: no es Evo Morales, ni la derecha empresarial tradicional, pero tampoco es la izquierda indianista.
Ese vacío de identidad es, justamente, lo que le permitió aglutinar apoyos transversales y votos que buscaban una renovación inmediata. El concepto de Laclau es fundamental: el significante vacío no tiene contenido fijo; es un lienzo en blanco que diferentes sectores llenan con sus propias demandas. Para unos, Paz puede representar “el fin del ciclo evista”; para otros, “la oportunidad de un político menos contaminado”; y para otros, simplemente, “la única alternativa viable en medio del caos”. Este populismo se resiste a morir y amenaza también la segunda vuelta electoral del 19 de octubre. Nadie ofrece un proyecto ideológico definido y los dos candidatos, Rodrigo Paz y Jorge Quiroga, se nutren de la crisis de representación y la bronca ciudadana con la incapacidad del gobierno de Luis Arce. En Bolivia, la ciudadanía no encuentra partidos estables o liderazgos confiables, aferrándose a opciones emergentes como un modo de escapar de la política tradicional.
En la segunda vuelta de las presidenciales el próximo 19 de octubre, la pregunta de fondo no es quién ganará, sino si la democracia boliviana será capaz de transformar el vacío en contenido y la sorpresa en liderazgo sostenible, más allá del populismo profundamente acendrado y con el reto de controlar una tremenda crisis económica que dejó como herencia los 20 años fatídicos del viejo MAS.
* Franco Gamboa Rocabado es sociólogo político y catedrático Fulbright en La Paz, Bolivia

