Galileo y el futuro de la Inteligencia artificial

Juan Cristóbal Cruz Revueltas
Si bien aún no es oficial, la noticia ha sido ampliamente difundida en los medios internacionales: Yann LeCun, premio Turing —considerado el equivalente al Nobel de informática—, y conocido justificadamente como uno de los “padrinos” de la inteligencia artificial (IA), planea dejar Meta tras doce años de leales servicios. La noticia es importante porque revela mucho sobre lo que ocurre hoy en el ámbito de la IA, y en particular, pone de relieve uno de los debates más interesantes sobre su futuro.
En efecto, uno de los motivos —aunque no el único— que estarían llevando a LeCun a fundar su propia empresa proviene de su desacuerdo con Mark Zuckerberg, presidente de Meta, en torno a la idea de que los grandes modelos de lenguaje (LLM) representan la mejor vía para el desarrollo de la IA. Esta crítica apunta directamente al corazón de la estrategia adoptada por las grandes compañías tecnológicas desde la aparición de ChatGPT, y pone en duda la conveniencia de destinar ingentes recursos de inversión a estos modelos de IA generativa. Para LeCun, los LLM son sistemas estadísticos, “más tontos que un gato”, que no entienden el mundo, y que conducirán finalmente a un callejón sin salida. En sus palabras, “en tres o cinco años, nadie sensato seguirá utilizando los LLM tal como existen hoy”. LeCun prefiere apostar por el desarrollo de “simuladores del mundo” (world models), un enfoque más arraigado en la realidad física y capaz de aprender de forma análoga a los humanos.
En muchos aspectos, este debate parece una reactivación de ideas que recorren el pensamiento moderno, hasta el punto de hallarse en el seno de la obra de Galileo. En efecto, en los círculos académicos de la época de Galileo se discutía la “máquina lógica” de Ramon Llull (1232-1316), una suerte de precursora medieval de los modelos combinatorios de la IA contemporánea. En su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632), Galileo parece recoger algunas de las intuiciones del pensador catalán, al grado de ironizar sobre su época, que cree que filosofar consiste en realizar combinaciones ingeniosas de textos —como los de Aristóteles— “para defender cualquier tesis que se les proponga”. Podemos suponer, entonces, que Galileo diría lo mismo de la IA generativa del tipo ChatGPT: no es sino un instrumento eficaz para ejercer la sofística. A pesar de ello, Galileo no desprecia el método combinatorio en sí mismo y anota pocas líneas más abajo: “Tengo un librito mucho más breve que los de Aristóteles y Ovidio, en el que están contenidas todas las ciencias, y cada uno puede, con muy poco estudio, formarse de él una idea completamente perfecta: y ese es el alfabeto; no hay duda de que quien sepa unir y ordenar tal o cual vocal con tal o cual consonante obtendrá las respuestas más verdaderas a todas sus dudas y aprenderá de él todas las ciencias y todas las artes…”. Pero se puede adivinar que el “alfabeto” de Galileo no tiene como propósito la lectura de textos impresos, sino el desciframiento del gran libro de la naturaleza.
A primera vista, la propuesta de LeCun parecería prolongar la de Galileo, al favorecer el interés por la naturaleza y el mundo físico. Sin embargo, hasta donde puede entenderse lo expresado por LeCun, no hay tal coincidencia. Galileo no encuentra la fuente del conocimiento en el “arraigo al mundo físico”, ni en la experiencia inmediata ni en la mera observación. Su método de conocimiento —como el de Einstein— consiste sobre todo en formular la pregunta adecuada a la naturaleza mediante experimentos mentales. Por ejemplo, Galileo lanza la hipótesis —que se demostrará fructífera— de que los cuerpos caen a la misma velocidad, pero ello sin ofrecer una prueba empírica directa. El famoso experimento de Pisa no fue más que un mito, sostiene Alexandre Koyré (Études d’histoire de la pensée scientifique, p. 217). Visto así, ni los grandes modelos de lenguaje ni la propuesta de LeCun parecen capaces de alcanzar una inteligencia artificial general, capaz de ofrecernos teorías comparables a las que ha producido la física moderna. Pero no perdamos toda esperanza: quizá los genios como LeCun – si, por ejemplo, pone más énfasis en su idea de “simuladores del mundo”- no tarden en sorprendernos.

