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El fraude a la política

Foto: Especial

Israel Covarrubias

La democracia mexicana sigue capturada por el apetito voraz de las dirigencias partidistas. Sexenios van y vienen donde escuchamos miles de discursos llenos de “buenas intenciones” y probidad en la función pública, al igual que son recurrentes las convicciones sobre las reformas que el país necesita, siempre a partir del supuesto de que los políticos profesionales “saben” lo que el país necesita. Sexenio tras sexenio cambian los rostros de la política, aunque la mayoría son una versión rejuvenecida gracias a los buenos oficios de los cirujanos plásticos. Sin embargo, lo que permanece es el hábito de hacer fraude sistemático a la política.

Los recientes casos de la liquidación de la agencia Notimex y las declaraciones de su ex titular, Sanjuana Martínez, de que fue presionada para que aceptara un soborno de 11 millones de pesos a cambio de liberar el monto total de la liquidación, pero con la condición de que el 20 por ciento del total liquidado fuera direccionado a la campaña de Claudia Sheinbaum, y la lista que publicó el dirigente del PAN, Marko Cortés, con el reparto de puestos públicos en la pasada elección de Coahuila advirtiendo al PRI que no estaban cumpliendo los “acuerdos” en esa región, ponen en evidencia que la política democrática sirve para colocarse en un puesto público mediante la dirigencia de los partidos.

En esta historia, nadie se salva. La “señora” izquierda” y la “dama” conservadora, los cuatroteístas y la oposición, son auténticos filibusteros a la hora de hacer política sin maquillajes. Lo que a primera vista parece ser una actividad propia del universo delincuencial, con o sin códigos de ética mafiosa, como es el del fraude sistemático a la ley y a las normas sociales de convivencia, hoy es el deporte favorito de los políticos profesionales del país.

¿En qué sentido se comete fraude a la política? La política, como sabemos, tiene que ver con lo común y, por ende, con el espacio de todos y todas. Hacer política es incidir en ese espacio de interacciones y conflictos, identificando qué problemas priorizar y cuáles postergar. Además, política significa que aquel que llega a un puesto público, sabe que ese espacio no es suyo, que él o ella están ahí de paso. Así, política quiere decir lo común y lo singular al mismo tiempo, y si la política es importante en la vida diaria es porque es una palanca que coadyuva a la resolución de los problemas de las mayorías, que son problemas de todos, aunque no afecten de manera directa nuestra existencia.

El fraude a la política es un síntoma negativo del estado de salud de la democracia mexicana y, en particular, de la situación de incivilidad que expresa su clase política. Hay fraude a la política porque ya no responde al bien común, gracias a que los partidos políticos desterraron este objetivo de su vocabulario. En sustitución, tenemos una práctica sin principios, donde se ganan elecciones para repartirse el botín que cada uno cree que le toca, con o sin acuerdos, ya que estos pueden ser letra muerta. En suma, una política del bandidaje. Por ello, en México torcer las formas a la política es sinónimo de decadencia. Recordemos que torcer proviene del latín “torcere”, que significa girar hasta que algo pierda su forma original. No es fortuito que sea una acción cercana a la “tortura”.

El problema en ambos casos es que salen a la luz cuando estamos en el inicio de las campañas presidenciales, donde las acusaciones cruzadas de deshonestidad y corrupción son el pan cotidiano. Entonces, ¿cómo pensar en otra política si es el fraude sistemático a la democracia la piedra angular del sistema de partidos de este país?

Es grave y escandaloso que sea del conocimiento público una lista con los puestos que “le tocaban” al PAN, y los señalamientos de desvío de fondos a la campaña de la candidata de MORENA. Dado el carácter autorreferencial de las élites de todos los partidos que existen en México, lo único que nos queda es acudir al tribunal de la opinión pública, donde el juicio sobre la reputación del sistema democrático deberá ser demoledor. No hablemos del juicio sobre la reputación de los políticos profesionales, porque éstos no la conocen ni en teoría.