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José Agustín o la ironía como herencia

Foto: Especial

Israel Covarrubias

José Agustín (1944-2024) es un escritor excepcional en la literatura mexicana. Personaje con un enorme carisma, atento con su lectorado, justo, reticente a la adhesión a los cenáculos intelectuales más visibles de la vida cultural del país, fue un intelectual de altísima probidad política y social. En él, la única forma de habitar la república de las letras era mantener la distancia con el vértice y estar en contra de cualquier poder. Su compromiso fue con la escritura, y eso es admirable, porque sus libros seguirán formando a los nuevos lectores, tanto jóvenes como ancianos.

Con su fallecimiento, sin duda doloroso para su familia, sus amigos y sus lectores, sobreviene la obligación de seguir leyendo sus libros y escribir sobre su figura y obra, así como hablar del impacto de ambas, dentro y fuera del contexto nacional a partir de los años sesenta del siglo XX hasta nuestros días. Por ello, pensar y estar convencido de que escribir una nota sobre José Agustín a causa de su fallecimiento es mera hagiografía, me parece pedante y mediocre. Y no solo de quien lo pronuncia, a todas luces, una mente atrabiliaria, sino también de aquellos que le siguen la corriente.

Esta imposibilidad para colocarlo en alguna corriente preponderante de la cultura, sobre todo en aquellas que se han enamorado locamente del poder político, es una virtud sincera en tiempos de caída, como revela nuestra pequeña y oscura actualidad. Por ello, como país debemos estar agradecidos al contar con un autor como él, ya que fue un creador de mundos donde se entrecruzan las ficciones con lo cotidiano, la autonomía política con la libertad creativa.

Como estudiante, me quedo con “La miel derramada”, y la cachondez descarada que se desdobla en los personajes de este libro, el primero que leí del autor. Como sociólogo, me inclino por su trilogía “Tragicomedia mexicana”, que es una de las mejores introducciones al estudio sociológico de la vida pública mexicana del siglo XX. Una trilogía que captura, seduce y empuja al lector a que se interese por el paradójico desarrollo de la vida nacional, que no puede ser comprendida sin el oxímoron de su título. Como lector de la vida contemporánea mexicana, me gusta su relato autobiográfico “El rock de la cárcel”. Que sean otros quienes hablen de sus novelas, aunque “De perfil” me gusta por su musicalidad, que lo enlaza con Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña y la literatura de la onda, un género narrativo escrito por jóvenes cuyo trabajo literario no puede comprenderse sin la influencia que ejerció en ellos el rock y la contracultura, de los que fueron sus promotores y artífices.

Pienso que José Agustín no fue un escritor del relajo, ya que esto por más loable y bien intencionado que sea, lo confinaría a la minoridad. Más bien, fue un escritor audaz que rompió con la escansión mamona de la alta literatura contra la baja literatura, del gran estilo frente al estilo prosaico. Su obra responde a las exigencias culturales del tiempo que le tocó vivir. En este sentido, fue un gran lector de su época, a la que trato sin concesiones, como muestra su crítica al clasismo literario y social. En él, la ironía y la blasfemia, que los poetas y escritores románticos llevaron a niveles excepcionales en el siglo XIX, devienen dos momentos esenciales de las bellas artes, no mera crónica infernal de los excesos etílicos y las drogas, tampoco descripción de la putrefacción social del mundo, como sucedió con otros escritores y animadores contraculturales que terminaron en las filas del conservadurismo más rancio del país, desde el punto de vista político y literario.

Lejos de los homenajes que seguramente serán propuestos, incluso por el gobierno en turno, quedan sus libros, que no serán golpeados por la usura del tiempo acelerado en que vivimos. Su obra es fundamental en el contexto actual de nuestro país, ya que nos ayuda a vivir. Pero también nos recuerda que la vida cultural no es nada sin la potencia cáustica de la irreverencia, cosa nada fácil en un contexto donde ceder a las delicias del reconocimiento es el deporte nacional de la república de las letras.