Monreal “sepulta” reforma de Sheinbaum

Carlos H. Estrada (06/03/2026)
La política mexicana suele moverse entre gestos simbólicos y fríos cálculos. Esta semana, el coordinador de Morena en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal, pareció sintetizar ambos elementos cuando, con una mezcla de ironía y resignación, admitió que la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum difícilmente alcanzará la mayoría calificada necesaria para aprobarse. Ni siquiera, bromeó, pediría un milagro al Santo Niño de Atocha para lograrlo.
Cuando el propio líder parlamentario del partido en el poder reconoce públicamente que una reforma presidencial enfrenta un camino prácticamente imposible, es que la iniciativa está, en los hechos, sepultada antes de llegar al pleno.
La reforma electoral de Sheinbaum plantea dos cambios centrales. Por un lado, eliminar las listas de diputados plurinominales definidas por las cúpulas partidistas; por otro, reducir los costos del sistema electoral mexicano. Ambas propuestas apelan a un sentimiento ampliamente compartido en la ciudadanía como es el rechazo a los acuerdos cerrados entre partidos y el hartazgo ante un aparato electoral costoso.
Pero la política suele imponerse sobre las narrativas de austeridad y democratización. Los partidos que hoy son aliados del oficialismo -el PT y el PVEM-, han dejado claro que no están dispuestos a respaldar una reforma que modifique el actual sistema de designación de los 200 diputados plurinominales. Dicho de otra forma, el modelo que la presidenta quiere cambiar es, precisamente, el que garantiza a los partidos pequeños una presencia parlamentaria que difícilmente obtendrían por mayoría relativa.
El reconocimiento de Monreal revela una fractura que Morena preferiría mantener fuera de los reflectores. No se trata de una oposición férrea encabezada por los partidos tradicionales, sino de resistencias dentro del propio bloque gobernante. Cuando los aliados anuncian su voto en contra antes siquiera de abrir la discusión, el margen de negociación se reduce al mínimo.
Monreal dejó claro que no recurrirá a presiones ni amenazas para modificar la postura de los legisladores. En el contexto de una mayoría oficialista acostumbrada a disciplinar sus votaciones, esa declaración también suena a una admisión de límites políticos.
Sheinbaum, por su parte, advirtió que los dos puntos centrales de su reforma no son negociables y ha insinuado que Morena deberá evaluar si el PT y el PVEM siguen siendo aliados confiables rumbo a las elecciones de 2027. La advertencia introduce una dimensión estratégica que trasciende el debate legislativo, pues la reforma electoral se ha convertido en una prueba de lealtad dentro de la coalición gobernante.
Lo que comenzó como una iniciativa para reformar el sistema electoral termina revelando las tensiones internas del oficialismo. Y cuando la aritmética parlamentaria se combina con los intereses partidistas, ni siquiera los milagros parecen suficientes para cambiar el resultado. Monreal lo dijo con sarcasmo, pero su diagnóstico fue brutalmente claro, y la reforma, al menos por ahora, ya está enterrada.

