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Los aranceles y el método Trump

Juan Cristóbal Cruz Revueltas (04/08/2025)

La segunda administración de Donald Trump impone un ritmo frenético al mundo, difícil de seguir incluso para los medios de comunicación. Así, por ejemplo, mientras los titulares matutinos anunciaban que Trump se daba dos semanas para decidir si atacaba al régimen iraní, ya la noche anterior el ejército estadounidense había llevado a cabo la operación “Martillo de Medianoche”, bombardeando las instalaciones nucleares de la teocracia islámica. Todo esto en medio de otra guerra, esta vez comercial, dirigida contra prácticamente todos los países del mundo —con excepción de un puñado de naciones como Rusia o Bielorrusia. Este conflicto lo lleva a cabo a golpe de anuncios desmesurados (como la imposición del 50% a las importaciones brasileñas) y de treguas imprevisibles (la última con México) que mantienen al comercio global en vilo. En paralelo, Trump se permite extravagancias como filtrar a la prensa que ha amenazado con bombardear Moscú.

¿Cómo entender este estilo de gobierno? Algunos pensadores contemporáneos ofrecen claves para descifrarlo. Entre ellos Giuliano da Empoli (“La hora de los depredadores”) quien señala que hemos dejado atrás la época de la “mundialización feliz”, cuando las relaciones internacionales se regían por el derecho y por organismos multilaterales como la ONU, el GATT o el FMI, para pasar ahora a un mundo de grandes depredadores que imponen su ley. Un ejemplo: el reciente acuerdo entre Trump y Ursula von der Leyen, donde la Unión Europea, el mayor bloque comercial del planeta, aceptó concesiones sin recibir nada tangible a cambio.

Para comprender este nuevo escenario, Da Empoli recomienda volver a los clásicos del pensamiento político —Plutarco, Maquiavelo— antes que insistir en lecturas como las de Rawls o Habermas. Ahora bien, este nuevo cesarismo no se da al margen de su tiempo. Si los depredadores contemporáneos buscan alcanzar el poder desestabilizando a las élites mediante el caos y la polarización, hoy cuentan además con herramientas inéditas: la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías de la comunicación. La alianza electoral entre Trump y Elon Musk encarnó bien esta fusión del populismo depredador con la alta tecnología. De ahí que podamos hablar, como propone Da Empoli, de un verdadero tecno-cesarismo.

En un reciente libro el politólogo mexicano Israel Covarrubias (“Polarización”) también ha subrayado el papel central de la polarización, mismo que se “inscribe en el campo del populismo”, aunque con una lectura distinta: para él, es el síntoma de una crisis del consenso social. Para Da Empoli, en cambio, la polarización es un valioso instrumento del populista cuando busca acceder al poder. Bajo esta misma lógica, no extraña que los Estados autoritarios busquen desestabilizar a las democracias apoyando simultáneamente a los partidos de los polos extremos, tanto de izquierda como de derecha, como quien gira un alambre por sus extremos para romperlo por la mitad. Lo que se busca erosionar es la autoridad de los intelectuales, profesionales e institucionales que antaño aseguraban racionalidad, cohesión y estabilidad.

La política arancelaria de Trump ilustra bien la lógica del tecno-cesarismo una vez en el poder. El reciente acuerdo con la Unión Europea perjudica a todos: desde el consumidor estadounidense, que ahora pagará una suerte de IVA (inflacionario) del 15% sobre los productos europeos, hasta la tasa de crecimiento de la economía mundial. Pero eso no importa: Trump puede cantar victoria ante sus seguidores (como efecto del acuerdo, Trump ya exclamó: “America is the hottest” country anywhere in the world”). Lo esencial, como advierte la académica Miriam Meckel, no es la política económica, ni el capitalismo, ni el Estado de bienestar. Lo que Trump ofrece —como populista y como figura mediática— es pura emoción. Como en Instagram o las teorías conspirativas que arrastran al espectador por el “agujero del conejo”, lo que cuenta es captar y retener la atención hasta el vértigo. Y esto es más fácil cuando se echa mano de las pasiones tristes como el odio y el resentimiento.

La manipulación de las emociones y este profundo malestar cultural no son algo totalmente nuevo. En 1888, ante el gran fenómeno musical Wagner, Nietzsche entendió que en las operas del maestro alemán se expresaba algo muy profundo de nuestra época: la voluntad de obtener por medio de efectos estéticos el mismo estado mental que produce un narcótico. Dicho en otras palabras, con el ciber cesarismo de Trump no se trata de regresar a una época idilica y ni siqueria de cumplir un programa político o alguna esperanza, sólo estamos ante una técnica de control y ante una mera voluntad de poder que, mediante el bombardeo de acontecimientos, busca aniquilar la capacidad crítica de su auditorio.