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León XIV, los Estados Unidos y las nuevas tecnologías

Juan Cristóbal Cruz Revueltas (14/05/2025)

La elección de Robert Francis Prevost, un cardenal de origen peruano-americano, como Papa, tendrá más efectos de los que inicialmente podríamos haber sospechado. En particular, en los Estados Unidos, donde el peso político del catolicismo se ha acrecentado en las últimas décadas. Así lo hizo patente el triunfo de un católico en las elecciones presidenciales de 2021. Si bien el demócrata Joe Biden fue apenas el segundo presidente católico en la historia de los Estados Unidos, también se puede pensar en el hecho de que, a pesar de que el protestantismo es la religión mayoritaria, desde 2021 hay una mayoría católica de jueces en la Corte Suprema. Actualmente, seis de sus nueve miembros son católicos; nótese que cinco de ellos son de corte conservador. Dentro de la guerra cultural que actualmente tiene lugar en el seno de la primera potencia mundial, esta composición de la Corte Suprema es un factor indudablemente de gran peso. No se puede soslayar que en 2024 el voto católico fue importante en el triunfo de Donald Trump: el 56 % de los católicos votaron por él. Pero lo que más nos interesa aquí es el hecho notorio de la actual presencia del catolicismo dentro del primer círculo del poder en los Estados Unidos.

Antes de ir más adelante, es necesario recordar que este ascenso político del catolicismo en los Estados Unidos se da en el contexto mundial en que las democracias liberales se ven amenazadas o, francamente, sustituidas por depredadores autoritarios del estilo de Trump, Erdogan o Putin. Pero, a diferencia de los años 30 del siglo pasado, esta vez la actual “internacional de los brutos” (Bernard-Henri Lévy) viene aliada con los señores de la tecnología. Esta asociación facilita –gracias a internet y a las redes sociales– la conquista y el ejercicio del poder por medio de la manipulación (Giuliano Da Empoli lo ha señalado insistentemente). En los Estados Unidos, a la convergencia entre poder político y tecnología se le ha sumado la religión. Así lo muestran los casos de un personaje tan complejo como Peter Thiel y el de su protegido, el actual vicepresidente de los Estados Unidos, J. D. Vance. Para los que aún no lo saben, Thiel es uno de los fundadores de PayPal y, por lo tanto, es parte, junto con Elon Musk y David Sacks, de la llamada “Mafia PayPal”. Fue igualmente el primer inversionista externo de Facebook. Este buen ojo como inversionista le permite gozar de una cierta aura profética. Por lo demás, su interés por el desarrollo tecnológico no se limita al aspecto puramente financiero; también se interesa por las nuevas posibilidades tecnológicas, como luchar contra el envejecimiento o la singularidad tecnológica.

Ahora bien, antes de volverse inversionista, Thiel estudió filosofía en Stanford, donde fue fascinado por la obra del antropólogo y filósofo René Girard, quien impartía cursos allí. Para ilustrar su teoría del “deseo mimético”, Girard solía contar –según recuerdo– que en sus años de estudiante tenía una amiga que solo veía como tal hasta que, un buen día, ella apareció de la mano de otro estudiante. Desde ese momento, se sintió obsesivamente atraído por ella. En otras palabras, para Girard el deseo no es realmente suscitado por el objeto deseado ni es plenamente consciente, sino que surge por imitación; es decir, del hecho de que otro, “un rival”, lo desea. Hasta aquí, la teoría de Girard puede explicar bien el éxito de Facebook y de las redes sociales, donde la gente sueña con vivir la vida del influencer de turno. Pero para Girard esta dinámica del deseo o, mejor dicho, del resentimiento de no poseer lo que otros poseen, no puede sino llevar a la violencia. Una violencia que solo puede ser resuelta por medio de un chivo expiatorio que sirva como canal catártico para descargar sobre él todo el resentimiento y la violencia acumulados.

Es aquí donde reaparece el catolicismo, ya que para Girard Jesús constituye la figura que pone fin a la violencia: a diferencia de todos los sacrificios previos, su sacrificio se presenta como el último de todos. Con esta teoría, Girard defendía que había descubierto lo que nadie había visto antes, aunque estaba a la vista de todos, tanto en la gran literatura (por ejemplo, en la obra de Shakespeare) como, naturalmente, en los Evangelios. Girard se embriagó tanto con su propia teoría que terminó convirtiéndose al catolicismo. Algo parecido sucedió con Thiel cuando leyó el libro de Girard intitulado Cosas ocultas desde la fundación del mundo. “Fue, confiesa Thiel en una entrevista, electrizante… sentimos que comprendimos el significado de la historia, la clave de la historia, el plan de Dios para la historia”.

Las reacciones de Girard y de Thiel son buenos ejemplos del efecto “electrizante” que produce una “teoría conspirativa” (en el sentido derivado de la filosofía de Karl Popper): una teoría que sirve para explicar una muy amplia variedad de fenómenos sociales o, incluso, para dar cuenta del conjunto de la historia humana. A pesar de su simplicidad y de que “se muestra a plena luz del día, nadie la había visto hasta ahora”. Por supuesto, al igual que el marxismo, que también pretende tener la gran clave que “explica todos los fenómenos sociales”, la teoría del deseo mimético no es refutable y, por lo tanto, no es científica. No sorprende que, para un sociólogo serio como Raymond Boudon, la obra de Girard no sea sino otro fraude seudocientífico. Lástima (para la humanidad) que Thiel no haya seguido un buen curso de epistemología de las ciencias sociales en Stanford.

Ahora bien, si ya la teoría de Girard es de dudosa calidad, las conclusiones de Thiel se antojan aún más extrañas, y además adoptan un tono de tipo apocalíptico (aunque él insista en que usa este término en el sentido griego originario, a saber, como “revelación”). No deja de ser inquietante que la prensa internacional dé constantes noticias sobre los refugios de seguridad que Thiel y otros miembros de Silicon Valley tienen en Nueva Zelanda o en Hawái, eso sin hablar de la curiosa obsesión de Musk por colonizar Marte.

Aún más preocupante es el hecho, ya mencionado, de que Thiel también se ha interesado por la política. Un interés que lo llevó a ser el primero de los magnates de Silicon Valley en apoyar a Trump. También ha apadrinado la carrera del actual vicepresidente, J. D. Vance, al grado de financiar su campaña política de 2022 con algo así como 15 millones de dólares. Probablemente, la relación con Thiel haya influido en la conversión de Vance al catolicismo en 2019. Pero se debe reconocer que defiende una visión curiosa del catolicismo, que lo lleva a sostener –según lo dijo en una entrevista con Fox News– que: “usted ama a su familia, luego al vecino, luego a su comunidad, luego a sus conciudadanos y a su país, y solamente luego puede concentrarse y dar prioridad al resto del mundo” (Michjel Eltchaniniff, “J. D. Vance, La revanche du ‘péquenot’”, Philosophie Magazine, abril de 2025). Es claro que el tribalismo como ética choca abiertamente con el universalismo católico defendido en los orígenes del cristianismo por Pablo: “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; ni hay varón ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).

En este marco, es lógica la respuesta a Vance dada por un cardenal de nombre Robert Francis Prevost: “J. D. Vance se equivoca, Jesús no nos pide clasificar nuestro amor por los demás”.

El debate se antoja entonces claro: ante la voluntad de Thiel y J. D. Vance de consolidar un proyecto en el que convergen concentración del poder, revolución tecnológica y catolicismo (en modo Girard), la Iglesia, bajo el Papa León XIV, responde de manera análoga al antecesor del cual el actual Papa ha tomado el nombre. Así lo declaró él mismo al momento de explicar, el pasado 10 de mayo, esta elección del nombre ante los cardenales:


“El Papa León XIII, con la histórica encíclica Rerum novarum, abordó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial”.