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La política perdida

Israel Covarrubias

Las prácticas de la política mexicana han cambiado de manera radical. Lo que hace una década era un susurro, hoy es un tsunami. Pasamos de la política que conquistaba el espacio social antes y después de cada turno electoral a una política vacía que acepta los recursos y las prácticas de las redes sociales y de las tecnologías afectivas.

Así, cada desgracia social es capitalizada por el político en turno a través de su descenso al campo que remata en la selfie o el video de 30 segundos. Lo anterior pone en evidencia que la contracción tecnológica de la temporalidad es catastrófica para la producción del lazo social. Es un signo inequívoco de la podredumbre de nuestro medio político y cultural.

En semanas recientes hemos visto de todo. Por ejemplo, la interpelación ciudadana en Veracruz a la presidenta Claudia Sheinbaum porque la gobernadora Rocio Nahle hace como que trabaja pero no hacía nada para reaccionar de manera inmediata al desamparo de los ciudadanos. También tenemos a la senadora Andrea Chávez, viajera incansable a su estado natal, Chihuahua, que captura su mejor pose abrazando a los desvalidos. O al junior trasnochado Gerardo Fernández Noroña viajando en avión privado y rematando con cualquier bobería que resulta todo menos graciosa.

Pero esta conducta de parte de las élites políticas de nuestro país no es exclusiva de un partido o color específico. Hace un par de semanas, Alejandro Moreno, “Alito” para los cuates, hizo un carrusel de entrevistas para “limpiar” su imagen, gritando a todo pulmón que él no es corrupto, sino un líder intachable de una oposición que cada día se extingue más y más. En este caso, sin duda la imagen de Alito es imposible de limpiar, porque si atendemos a los estereotipos de la “belleza” preponderante de nuestra época, su rostro cae dentro del campo de lo informe, es decir, de lo monstruoso. Frente a ello, nada se puede hacer para detener el efecto irreversible de la deformidad premeditada.

Para seguir animando la fiesta, el fin de semana pasado vimos el espectáculo “re”: refundación, reposicionamiento o regeneración del Partido Acción Nacional, que fue todo menos una expresión autocrítica por comenzar de nuevo y con poco. Más bien fue un acto “de”: degradación, degeneración y descomposición. Nada nuevo bajo el sol. Acción Nacional expresa un enorme desconocimiento y desgano para empujar liderazgos nuevos. Es un partido incapaz de descifrar el tiempo presente de nuestro país. Su negativa a desplazarse de sus principios de una derecha deshilachada y que cada vez se aleja más y más de un potencial nuevo electorado, puede volverse la crónica perfecta de una muerte anunciada. La tripleta “Patria, familia y libertad” no componen una línea de fuga disruptiva ni creativa. No es una palanca de movilización a las nuevas prácticas sociales. Es una proposición política que expresa un profundo miedo al contagio dentro de nuestro mundo social que no comprende y no quiere comprender.

La política ha perdido su sentido de orientación en la vida social. No podemos conformarnos con asentir que es el estilo de la política hoy, porque si la regla del estilo político actual es el no-estilo, el infantilismo y la ley del menos esfuerzo porque son más relevantes las palancas y las recomendaciones, y por eso mismo cualquiera puede ser político y hacer política, ¿por qué solo unos cuántos aparecen en el espacio público como líderes absolutos de la vida en común, que de común no tiene mucho? ¿Por qué son los mismos de siempre los que hablan, declaran, dicen y desdicen, mienten, tranzan y no hay forma de sacarlos de la escena política? ¿y por qué como sociedad hacemos tan poco para cambiar esta situación letárgica? Me parece que si no estamos haciendo más, es porque la política perdida nos importa poco, y quizá en algún momento nos dejará de importar por completo. Ojalá que este momento llegue pronto.