elpost

Investigación, análisis e información.

La Odisea de Nolan, virtudes y defectos

Juan Cristóbal Cruz Revueltas (30/07/2026)

Sin duda debemos agradecerle a la Odisea de Christopher Nolan el haber puesto en boca de las nuevas generaciones el nombre de Homero. También podemos reconocerle a su película la virtud de evocar pasajes y temas de la antigüedad griega menos conocidos. Pero esas cualidades no impiden señalar que la lectura de Nolan se toma ciertas licencias respecto de los textos originales. Tiene derecho a hacerlo; sin embargo, vale la pena detenerse en algunas de ellas, porque de lo contrario se corre el riesgo de oscurecer innecesariamente los significados homéricos y, a la vez, de pasar por alto aquello que en la obra de Nolan pertenece específicamente a nuestra época.

Entre los pasajes menos evidentes de la película, acaso el más revelador sea el de Butes. La alusión probablemente ha pasado inadvertida para los críticos porque no procede de Homero, sino de las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, poeta del siglo III a. C. En la escena de Nolan, Butes salta por la borda y se arroja al mar mientras el prudente Ulises, atado al mástil, escucha el canto de las sirenas sin que le vaya la vida en ello. Cabe preguntarse si Christopher Nolan —o quizá su hermano Jonathan, confidente del director y también creador de series tan notables como Westworld— ha leído a Pascal Quignard. Para el escritor francés, Butes no es una figura lateral, sino el reverso de Ulises y de Orfeo: allí donde ellos resisten o dominan el canto de las sirenas, Butes se entrega a él. Su gesto encarna la decisión de desertar del mundo civilizado para dejarse arrastrar por la llamada más antigua: la de las sensaciones inmediatas, la del deseo de fusionar con el mar y con el canto primordial.

Además, en esta escena, filmada con notable intensidad por Nolan, no sólo se enfrentan distintas formas de escuchar el canto de las sirenas: se ponen en juego distintas posibilidades humanas ante la verdad y la belleza. La referencia no es menor. Barbara Cassin ha sugerido que uno de los pasajes fundamentales del poema Sobre la naturaleza, de Parménides, puede leerse como una paráfrasis de este episodio, convertido ya no en aventura marina, sino en imagen del viaje hacia el conocimiento. Bajo esa luz, Ulises atado al mástil deja de ser únicamente el héroe prudente que resiste la tentación: aparece también como una figura anticipada del filósofo de Platón, aquel que se separa de los otros hombres para acceder a una visión que ellos apenas entrevén. Pero esa misma lectura vuelve más significativa la presencia de Butes, porque su salto introduce una alternativa radical: no conocer dominando el canto, sino entregándose a él.

Si Nolan acierta al introducir la figura de Butes, resulta algo extraño que relegue a un segundo plano aquello que este personaje encarna: la afirmación plena de la belleza sensible y del placer que ella despierta. No hace falta ser un gran filósofo para advertir la ausencia de sensualidad con las que Nolan presenta, incluso, a las grandes actrices de su elenco. Más allá del debate sobre el color de su piel, la película llega a mostrarnos a una Helena desfigurada en la escena en que Telémaco arriba a la corte de Menelao, desfiguración que no aparecen en Homero. Del mismo modo, Nolan parece pasar por alto que parte del poder hechicero de Circe proviene, precisamente, de su capacidad de seducción y de la dimensión erótica que acompaña su figura en el poema

No se trata de un motivo menor. Para los griegos, la belleza sensible fascina porque nos hace creer que un simple mortal es un dios, y porque deja entrever, en el mundo visible, un reflejo del orden del cosmos. Esa convicción atraviesa la historia del arte griego desde antes de la Edad Oscura hasta, al menos, la época clásica, y más tarde será heredada por Roma. A mediados del siglo V a. C., Pericles la formula de manera admirable en su célebre oración fúnebre, cuando resume esa sabiduría homérica en una frase decisiva: «amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y cultivamos el saber sin ablandarnos».

Quizá esta suerte de desdén se entienda mejor si recordamos que Nolan, aunque ha citado en alguna ocasión la célebre frase de Christopher Marlowe sobre Helena —“el rostro que lanzó mil naves”—, parece haber preferido, en consonancia con el puritanismo de nuestra época, dejar en la sombra su sentido más perturbador. Que los hombres puedan morir por la mera belleza explica una parte esencial de la fascinación que Homero ha ejercido sobre Occidente. Todavía en el siglo pasado, William Carlos Williams lo evocaba con claridad en su poema Asfódelo, ese sutil homenaje a Homero:

Viene a la mente

la Ilíada

y la culpa pública de Helena

que la engendró.

De no haber sido por eso

No habría habido poema, sino el mundo.

Por su parte, Nolan opta por inclinarse por la imagen de un Ulises corroído por la culpa: culpable de haber roto el código de la hospitalidad (xenia), de haber enviado a sus compañeros a la muerte o de haber participado en el saqueo de Troya. De ahí que algunos críticos hayan observado que su Ulises recuerda a una figura característica del cine norteamericano: el veterano que regresa a su país marcado por el trauma de la guerra. Nolan tiene, desde luego, todo el derecho de convocar esa tradición, así como de imaginar un “caballo de Troya” hundido en la arena que evoca las ruinas de la Estatua de la Libertad en El planeta de los simios. Pero nada nos impide volver la mirada hacia la Odisea original y hacia E. R. Dodds, quien en Los griegos y lo irracional sostuvo una tesis decisiva: el mundo homérico no estaba organizado en torno a una cultura de la culpa.

Para Dodds, los héroes griegos carecían de esa interioridad moral que se acentuará mucho más tarde con el cristianismo. Lo que contaba para ellos no era la culpa íntima, sino la aprobación o desaprobación públicas; no el remordimiento interior, sino el honor, la fama y la vergüenza. En el mundo homérico, las malas decisiones no se atribuían a una conciencia malévola, sino a la intervención de los dioses. El Ulises griego no es, por tanto, un Oppenheimer antiguo, definido por las contradicciones internas y por el peso insoportable de la culpa. El Ulises de Homero un personaje “astuto” y por esto moralmente ambiguo, incluso inquietante, cuyas decisiones resultan a menudo difíciles de conciliar con la sensibilidad del hombre contemporáneo. Nolan acierta, siguiendo a Dante, al recordar que Ulises deberá abandonar de nuevo Ítaca; pero en Homero ese nuevo viaje no implica una condena existencial o un alma atormentada, sino sólo se trata de cumplir la condición impuesta por Poseidón para que pueda regresar plenamente a su patria. Nietzsche comprendió bien a este Ulises homérico cuando lo llamó, en Aurora, “este feliz aventurero”.