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La Odisea de Christopher Nolan

Juan Cristóbal Cruz Revueltas (13/07/2026)

“Cada época tiene el renacimiento de la Antigüedad que merece”, sostenía Aby Warburg, historiador que dedicó su vida a estudiar la transmisión de las imágenes antiguas al mundo moderno. Si por algún milagro Warburg, fallecido hace casi cien años, pudiera presenciar la última realización de Christopher Nolan, estaría encantado de ver cómo el director británico-estadounidense, apoyándose en la calidad de la cámara IMAX de 70 milímetros, retoma ese tesoro poético y visual tres veces milenario que es la Odisea de Homero. El regreso a la Antigüedad no debe sorprendernos, menos aún la vuelta a Homero. Este ha sido un gesto recurrente a lo largo de la historia de la civilización occidental. Ya en la Grecia clásica Homero era considerado el gran educador. Desde su infancia, los niños debían familiarizarse con su obra; el mismo Platón intentaba disputar su influencia entre los jóvenes; y el futuro rey de Macedonia Alejandro, soñaba con imitar a Aquiles.

En el caso de Nolan se podría pensar que se trata de una bifurcación en su trayectoria; no lo es. La influencia de Homero, según confiesa, ha estado presente a lo largo de toda su filmografía. Nolan reconoce, para no citar sino un solo ejemplo, que el poema Ulises, del decimonónico poeta inglés Alfred Tennyson, influyó en el epílogo de Interestelar. Nótese el paralelismo con su última cinta: en las dos, la actriz Anne Hathaway es la figura del hogar prometido. Los innumerables ecos de la influencia homérica son más claros cuando sabemos que el poema de Tennyson citado por Nolan refiere, también, a la figura del Ulises que aparece en la Divina Comedia de Dante. Algo de razón tienen quienes sostienen que el conjunto de la literatura occidental no es otra cosa sino una reescritura de los temas homéricos. En la misma Odisea de Homero se anticipa, en boca del rey Alcínoo, su futura fecundidad cultural: “(la guerra de Troya) la tramaron los dioses y urdieron la matanza de tantos hombres, para que la posteridad tuviera materia de canto”.

A los poemas homéricos se les suele presentar como la primera gran obra literaria de Occidente, “la más fundadora”, dice Nolan. Ahora bien, si Nolan hubiera querido evitar la curiosa crítica de centrarse en su propia cultura, bien podría haber hecho un guiño al poema de Gilgamesh, rey que gobernó la ciudad de Uruk en torno a 2750 a. C. Es decir, una epopeya elaborada unos dos mil años antes de Homero y, probablemente, un milenio y medio antes de la guerra de Troya. La epopeya de Gilgamesh es, dice en sus primeros versos, la de “aquel que vio todos los confines de la tierra, todo lo oculto. Y por todas partes exploró. Superdotado de sabiduría, abarcó todo de una mirada: contempló los secretos, descubrió los misterios” (traducido de la versión francesa de Jean Bottéro). Este gran poema circuló durante siglos y en distintas versiones en el mundo mesopotámico. La evocación se justifica porque en el poema de Gilgamesh —en particular en la llamada versión de Nínive— no sólo están presentes algunos de los grandes temas homéricos —el viaje del héroe, la amistad, el descenso al inframundo, la mortalidad humana, la relación compleja con los dioses…—, sino que también aparecen algunas de sus significaciones más profundas.

Si, por ejemplo, nos detenemos en el problema de la finitud del hombre, vemos que, en la epopeya mesopotámica, Gilgamesh y su amigo Enkidu buscan, en un principio, la gloria y quieren evitar la muerte. Pero, a diferencia de lo que sucederá con las religiones monoteístas, terminarán por asumir su condición mortal. Algo similar sucede con Ulises, a quien Calipso ofrece la inmortalidad y la eterna juventud, pero el griego opta también por asumir su destino mortal. En ambos casos, el sentido de la vida es inmanente: reside en haberla vivido con toda su belleza, pero sin ignorar todo su horror. La influencia y el paralelismo entre Gilgamesh y los poemas homéricos son importantes también porque nos permiten constatar que, durante miles de años, el Mediterráneo constituyó una civilización común. El mundo homérico confirma este hecho al mostrarnos un mundo donde los feroces enemigos, aqueos y troyanos, dialogan entre sí, tienen los mismos dioses, comparten los mismos rituales e, incluso, terminan por llorar juntos. Como lectores de la Ilíada podemos estar tanto a favor de Aquiles como de Héctor porque no hay un pueblo bueno enfrentado a otro malo, sólo hay individuos que deben afrontar su trágico destino.

Volviendo a Nolan, el director atina al invitarnos al mundo de Ulises. En muchos aspectos, la suya es una realidad profundamente cercana a la nuestra. Pero, paradójicamente, la Odisea es también inmensamente atractiva por todo lo que nos separa de ese mundo arcaico. En efecto, el mundo de los antiguos griegos, a diferencia del nuestro, es un todo ordenado, es un cosmos. Es cierto que la Odisea nos relata la angustiosa lucha de un individuo por sobrevivir y regresar a Ítaca. Pero la frase del avance de la película “entonces, yo desafío a los dioses” habla más de Nolan que de Ulises. La frase no aparece en la Odisea y, seguramente, ni siquiera hubiera podido ser pronunciada por Ulises. Desde el inicio hasta el final sabemos que, salvo por el caso del dios Poseidón, Ulises es amado y protegido por los dioses. Desde el principio el mismo Zeus responde al reproche de Atenea de desentenderse de la deplorable suerte de Ulises: “¿Cómo iba yo a olvidarme tan pronto del divino Odiseo, que tanto sobresale entre los mortales por ingenio y que más que ninguno ofreció sacrificios a los dioses inmortales, que habitan el amplio cielo?”.

El filósofo Luc Ferry nos ayuda a entender que la Odisea es una suerte de viaje moral: “es el paso de la guerra y del odio al amor, del exilio al hogar”. Podemos agregar, es el paso del mundo salvaje en el que Ulises no tiene nombre, a aquel en que, por incitación del rey Alcínoo, puede decir su nombre, articular y narrar sus recuerdos, y dar cuenta de su propia historia. También, como lo observa acertadamente Jacqueline de Romilly (Muros de Troya, playas de Ítaca, 2022), es un periplo en que la figura de la mujer se va progresivamente suavizando y humanizando: se inicia con la hechicera Circe, que transforma a los hombres en animales; luego pasamos a la ninfa Calipso, de origen divino, que ofrece la inmortalidad a Ulises; para finalmente llegar a la mujer y esposa Penélope, que le ofrece un hogar.

El mundo de Nolan es más frágil que aquel de los antiguos. En el suyo, el ser humano está solo ante el universo. Se puede conceder que en la figura de Ulises hay algo de moderno, por la astucia que puede enfadar a los dioses, pero que le permite escapar de las peores situaciones y alejarse del imaginario mágico, así como por su curiosidad y por su interés por el mundo. Pero el héroe griego debe volver a Ítaca porque ahí está el lugar que le corresponde en el orden del cosmos. Es cierto, Ulises es un ser violento, un destructor de ciudades, tal y como lo denomina Homero. Pero el hombre actual de Nolan, como el de Oppenheimer o el de Interestelar, es un destructor radical. De aquí que la terrible sentencia delBhagavad Gita, recurrente en las pesadillas de Oppenheimer en la película que le dedica el director, corresponda mejor al universo solitario del mismo Nolan, que es quizás el nuestro: “ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”.