La Declaración de Independencia de Estados Unidos, o el conflicto por el alma de un país

Juan Cristóbal Cruz Revueltas (22/06/2026)
El 4 de julio de 2026 se conmemoran los 250 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, acontecimiento que constituye, según Hannah Arendt, el gran acto político del mundo moderno. No fue necesario esperar al siglo XX ni al juicio retrospectivo de esa gran pensadora política para que su importancia fuera reconocida de inmediato por sus contemporáneos. Ya en aquellos días, el abate Raynal exclamó con entusiasmo: “Un día nos ha llevado a otro siglo” (Révolution de l’Amérique, 1781). Sin duda, su impacto trasciende la historia de los Estados Unidos. De acuerdo con el historiador británico David Armitage, más de cien declaraciones de independencia se han escrito bajo su influencia. Entre ellas, el Acta de Independencia del Imperio Mexicano de 1821.
Para entender su importancia, conviene recordar que, a finales del siglo XVIII, el poder político se consideraba de origen divino y las sociedades se hallaban, conforme al orden del Antiguo Régimen, divididas en estamentos. La Declaración irrumpió en ese escenario al afirmar que el poder político deriva del consentimiento de los gobernados y se fundamenta en los derechos de los individuos, cuyo destino, por lo demás, no está sometido a ninguna fatalidad: “Sostenemos —dice su famosa fórmula— como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”. Tres lustros más tarde, Mozart evocaría esa idea en su ópera La flauta mágica, cuando el príncipe Tamino le pregunta a Papageno: “¿Quién eres?”. “Tonta pregunta —responde el pajarero—, soy un hombre como tú”. Quizá hoy estamos demasiado familiarizados con estas ideas y nos resulte difícil sorprendernos, pero todavía a principios de los años sesenta del siglo pasado el presidente John F. Kennedy exclamaba con entusiasmo:“¿Cómo, en 1776, en el pequeño país que era entonces América, se encontró tanta inteligencia en el mismo lugar para elaborar la Declaración de Independencia y luego la Constitución?” (J. F. Kennedy, en Arthur Schlesinger, L’Express, octubre-noviembre-diciembre, Francia, 2013, p. 73).
El borrador inicial de la Declaración de 1776 fue encomendado a un hombre ilustrado, polifacético y uno de los hombres más ricos de Virginia: Thomas Jefferson. Jefferson supo recoger lo mejor del pensamiento ilustrado de la época, en particular de la obra del filósofo inglés John Locke. Su éxito se explica también por un contexto histórico favorable: la difusión de la imprenta, la densa red de comunicación en que se había convertido el Atlántico y la elaboración de grandes proyectos intelectuales, como la Enciclopedia, en Francia. En otras palabras, la Declaración fue una suerte de cristalización de varios rasgos centrales de la época de la Ilustración. Pero la Revolución americana desencadenada por ella fue también, de nuevo según Arendt, la única verdadera revolución moderna que ha sobrevivido. Arendt quería decir con ello que, mientras las revoluciones “sociales”, como la francesa, terminaron, debido a la lógica misma de sus prioridades, sustituyendo la libertad por la necesidad, la política por la compasión y, finalmente, por el terror, la revolución americana, en cambio, logró instituirse como un régimen estable y duradero de libertad política.
La paradoja de la conmemoración de los 250 años de la Declaración radica en que tiene lugar en un contexto en el que es cuestionada con virulencia desde ambos extremos ideológicos de la vida política estadounidense. Por una parte, están quienes ven la historia de los Estados Unidos como una verdadera historia de exclusiones: el maltrato a las poblaciones nativas, la exclusión política de las mujeres en la Constitución de 1787 y, por supuesto, la existencia de la esclavitud. No sorprende, en este sentido, la reacción de los autores de una serie de artículos publicados en 2019 en el New York Times Magazine, reunidos bajo el título The 1619 Project. Contra lo generalmente aceptado, sostienen que la esclavitud no es una mera aberración de la democracia estadounidense, ni mucho menos algo resuelto por la Guerra de Secesión de 1861-1865. Para esos autores, la esclavitud constituye un fundamento decisivo de la experiencia estadounidense. De ahí que la fecha digna de conmemoración, según defienden, no sea la del 4 de julio de 1776, sino la de agosto de 1619. Se trata del momento en que un barco con africanos esclavizados, que inicialmente se dirigía a Veracruz, llegó a Point Comfort, Virginia. Sin embargo, este enfoque puede generar más costos que beneficios, en particular para las propias minorías. El énfasis en la noción de raza lleva a abandonar el enfoque color blindness (ceguera al color), que habían enarbolado los movimientos por los derechos civiles de los años sesenta del siglo pasado, para favorecer ahora la politización del color de la piel y de la noción de raza. Tiene también el inconveniente de invitar, como veremos, a una reacción análoga en el otro extremo ideológico. Se entiende que Denis Lacorne, especialista de la historia de los Estados Unidos, observe que es dudoso que poner el énfasis en el discurso racial sea la vía para salir del racismo. Además, ello conlleva el riesgo de olvidar, prosigue Lacorne, que la dinámica intelectual abierta por la Independencia contribuyó a fortalecer, con el tiempo, las causas de la abolición y de la igualdad (De la race en Amérique, Gallimard).
El otro relato que pretende desafiar al surgido en 1776 tiene en el actual presidente de los Estados Unidos a uno de sus más influyentes representantes. Durante su segundo mandato, el populismo antielitista de Trump lo ha llevado a desmontar los pilares del edificio institucional ideado por los padres fundadores: los contrapesos institucionales, el Estado de derecho, el respeto por la ciencia y la verdad, la cultura de la tolerancia, la calidad educativa y la calidad del debate democrático. Es claro que el gobierno de Trump encarna, precisamente, mucho de aquello que los padres fundadores pretendieron evitar. Por una parte, se hace eco, implícita o, a veces, explícitamente, de ideólogos decimonónicos, como John Calhoun, quienes sostenían que la libertad y la nación estadounidenses sólo incluían a los hombres blancos. Por otra, para hacer aceptable una forma de gobierno en la que priman sus intereses personales y los de su clan, Trump necesita disolver la tradición ilustrada. Parafraseando a Max Weber, la fórmula que permite legitimar esta confiscación de las instituciones se encuentra en su propia figura de hombre carismático: a pesar de sus numerosas consecuencias negativas, sus actos serían legítimos porque “él es el elegido”.
A propósito de esta instrumentalización del carisma y del aura religiosa, basta recordar algunos episodios recientes, como los servicios de plegarias en el Pentágono o la difusión, en redes sociales, de imágenes de Trump representado como el papa o incluso como Jesús. En todos estos casos es palpable la mezcla de retórica política, lenguaje providencialista y apelaciones a una legitimidad casi sagrada. Es difícil encontrar en la historia reciente un ejemplo más flagrante del uso demagógico de la religión y del aura carismática. No sorprende que medios de referencia como The Washington Post señalen que la celebración del 4 de julio puede terminar centrándose más en la figura de Trump que en la evocación de la Declaración de Independencia.
Quizá la mejor imagen de la atmósfera en la que llegan los estadounidenses a la conmemoración de los 250 años de la Declaración de independencia sea la de Bruce Springsteen dirigiéndose a su público en el concierto de Washington del pasado 27 de mayo: “Nuestra democracia, nuestra Constitución y nuestro Estado de derecho están siendo puestos en duda como nunca antes por un presidente temerario, racista, incompetente y traidor”. En sentido contrario, la denuncia de Springsteen nos dice que el proyecto ilustrado cristalizado en la Declaración de Independencia, a pesar de sus crisis, ha dado 250 años de estabilidad y prosperidad a su país. La declaración de Independencia y, en general, el proyecto ilustrado constituye, como recuerda Lacorne, la única opción que hace posible, a pesar de todas sus limitaciones, una vía incluyente y emancipadora.

