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La carrera universitaria, ¿una idea obsoleta?

Juan Cristóbal Cruz Revueltas

El rápido desarrollo de la inteligencia artificial (IA) abre muchas incógnitas, pero también nos ofrece una certeza: la institución universitaria deberá adaptarse al impacto de la IA. Ya desde finales de 2022, con la aparición de ChatGPT, ha sido necesario replantear los sistemas de evaluación, los procesos de aprendizaje y el papel del profesor. Lo que ignoramos aún es hasta dónde llegará esta transformación. Algunos están convencidos de que incluso la propia supervivencia de la universidad está en entredicho. La reciente respuesta de Sam Altman, director ejecutivo de OpenIA, a la pregunta sobre el futuro de su hijo, encendió las alarmas: “probablemente-afirmó- no irá a la universidad”. La trayectoria del mismo Altman abona a este escepticismo: él abandonó la universidad de Stanford a los 20 años. No es el único. Otras personalidades muy exitosas como Steve Jobs, Bill Gates o Mark Zuckerberg tampoco terminaron los estudios universitarios. Pero si esto podía aún ser entendido como una suma excepciones, el escenario plantea una inquietud más estructural: la IA generativa es una amenaza directa para las tareas intelectuales y, por ende, para el valor de los títulos universitarios.

Aymeric Roucher, autor de un reciente libro sobre el tema (Ultra-intelligence: jusqu’où iront les IA ?, O. Jacob, 2025), propone una pregunta para saber qué carrera profesional debemos evitar: “¿ella se puede realizar a distancia?”. Si la respuesta es afirmativa significa que puede ser digitalizada y, en consecuencia, ser reemplazada. Ahora bien, la experiencia laboral durante la pandemia del COVID-19 mostró que alrededor del 60% de los empleos podrían transformarse en teletrabajo. Entre las ramas en riesgo más frecuentemente señaladas se incluyen el derecho, la contabilidad, las finanzas, la traducción, el periodismo y un largo etcétera. No sorprende, entonces, que en estos días se anuncie que Amazon suprimirá entre catorce mil y treinta mil empleos, y que una de las expectativas en el sector tecnológico sea la aparición del primer “unicornio sin empleados”, empresa evaluada en más de mil millones de dólares funcionando casi exclusivamente con sistemas de IA.

Los ensayistas franceses Laurent Alexandre y de Olivier Babeau fueron entrevistados recientemente (L’express) en ocasión de la aparición de su libro “No estudies más”. Como lo indica el título de su obra, ellos sostienen una posición abiertamente crítica de la Universidad. Si la materia de muchas áreas de estudio se volverá obsoleta, ante la aceleración de nuevos conocimientos que producirá la IAG también la duración de los estudios universitarios será incompatible con la vida útil de las competencias —punto ya advertido por la OCDE. Un largo periodo de estudios universitarios será percibido ante todo como un signo de desface respecto a los constantes avances. En otras palabras, ha quedado atrás la época en la que la posesión de un conjunto de conocimiento aseguraba una posición social estable. Para estos autores, ya no podremos vivir del rendimiento de nuestra “renta cognitiva” ni de la distinción social que confería el diploma universitario.

¿Para qué estudiar entonces? Hasta ahora el mundo moderno nos ha ofrecido dos respuestas. La primera, la de la Ilustración. Desde Immanuel Kant y Wilhelm von Humboldt, se ha entendido la educación como el proceso que permite a los individuos acceder a su autonomía, es decir, volverse capaces de pensar por sí mismos. La segunda respuesta, la promovida por el Estado moderno, sostiene que la educación es necesaria para la integración social de cada uno de nosotros: por medio del esfuerzo ella nos hace competentes para adquirir un empleo, ser socialmente útiles y obtener un lugar en la sociedad. Se puede pensar que la IA generativa pone en duda ambos enfoques; en realidad, nos obliga a repensar nuestra relación con la educación desde esos dos ángulos. En primer lugar, porque, a diferencia de lo que piensan como Alexandre y Babeau, la IA generativa no piensa. Al menos, la IAG basada en LLM (Large Language Models) no dejará nunca de incurrir en alucinaciones (del tipo “José Revueltas escribió El llano en llamas”) y de incurrir en los sesgos cognitivos e ideológicos de sus conceptores (como la llamada “IA nazi”). Por ello los contenidos que nos ofrecen siempre requerirán una revisión crítica que sólo podrán realizar quienes posean una amplia educación y capacidad de juicio crítico. Como individuos bien educados podremos apoyarnos en los nuevos agentes virtuales que nos acompañaran toda la vida (sin necesidad de adoptar la propuesta de una interfaz cerebro-computadora que, salvo en casos excepcionales, es moralmente inaceptable y cognitivamente dudosa). Las universidades deberán fomentar ambas actitudes: aprender a apropiarnos de la IA a nuestro favor y desarrollar un espíritu crítico ante ella. A fin de cuentas, por una parte, el mejor instrumento para una sociedad igualitaria seguirá siendo una educación de calidad para todos y por la otra, nunca podremos dejar como individuos que otros -o una máquina- piense por nosotros.