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El futuro de la literatura, lo que nos dice el caso Orélien

Juan Cristóbal Cruz Revueltas

La publicación en Francia de la novela C’était ça ou mourir (Era eso o morir), firmada por Thélyson Orélien, ha provocado una fuerte sacudida en el mundo cultural galo y abre importantes interrogantes sobre el futuro de la creación literaria. Antes de este libro, Orélien,nacido en Haití y residente en Canadá, eraun poeta casi desconocido. Según diversas fuentes, la obra vendió en muy poco tiempo unos 40 mil ejemplares. Asimismo, fue bien recibida por la crítica especializada, al grado que muchos no dudaron en elevarla al rango de fenómeno literario del año. Bajo esta atmosfera de aprobación unánime, no tardó en ser incluida en la selección de los principales premios literarios del país. En particular en la del prestigiado Premio Goncourt. Se entiende que las editoriales de más de 20 países se apresuraran a comprar los derechos de traducción, dado que todo hacía pensar que nos encontrábamos ante el descubrimiento de un nuevo gran escritor.

Pero, el 21 de septiembre, el mismo día que el Premio de novela FNAC era asignado a Orélien, “el cuento de hadas se volvió pesadilla” (Michel Guerrin, Le Monde). Ese mismo día en la red social X, la cuenta Balance ton Claude afirmó que el detector Pangram atribuía un 95 % de probabilidad a que la obra de Orélien hubiera sido elaborada mediante inteligencia artificial. De un día para otro, la “obra maestra” quedó relegada a la condición de, cuando mucho, ingenioso artificio. Antes del naufragio final, los defensores de Orélien contraatacaron. Señalaron que Pangram no es totalmente fiable y denunciaron que tras la acusación podía esconderse una persecución racista, marcada por la negrofobia o por alguna otra oscura motivación. La sospecha se acentuó cuando se supo que Samuel Fitoussi, cronista de Le Figaro, era uno de los responsables de la cuenta Balance ton Claude. Finalmente, la posición de Orélien se volvió insostenible cuando aparecieron nuevos testimonios sobre antiguos plagios atribuidos al autor y la Academia Goncourt retiró la novela de su selección.

El asunto parece concluido en lo que respecta al libro de Orélien, pero el caso abre numerosas interrogantes. Cabe preguntarse, por ejemplo, si el éxito inicial de la obra se debió más a consideraciones morales o ideológicas (la novela narra la dramática experiencia de un migrante «de color») que a un juicio sobre su calidad propiamente literaria. Lo que más interesa aquí, sin embargo, es que el affaire Orélien parece confirmar que la inteligencia artificial puede generar textos capaces de convencer a un público amplio, incluso a lectores con una sólida formación literaria, y hacerles creer que se encuentran ante una obra maestra original nacida de una (dramática) experiencia personal. Una forma de restarle importancia al escándalo y novedad al hecho consiste en alegar que, en realidad, “siempre ha sido así”. Apoyarse en la IA durante el proceso de escritura no sería sino aprovechar la experiencia colectiva que alimentó, a fin de cuentas, a las propias inteligencias artificiales generativas. La idea recuerda una tesis del romanticismo alemán según la cual las obras de arte no son creaciones puramente individuales, sino expresiones colectivas o, incluso, del espíritu de los pueblos. La Ilíada y la Odisea, por ejemplo, no habrían sido la obra de un único poeta llamado Homero, sino el resultado del trabajo de numerosos aedos y rapsodas a lo largo de varias generaciones. Esta relativización del papel del autor tampoco es nueva. Recorre el siglo XX, desde 1909 con el aforismo de Karl Kraus “no domino la lengua; pero la lengua me domina por completo”, hasta Jacques Derrida que se dedicará a hacer variaciones sobre el tema, pasando por el anuncio de “la muerte del autor” proclamado por Roland Barthes en 1967. Visto así, el escritor sería, a lo mucho, un médium de expresión de las Musas en Homero, de la lengua en Kraus o… de la inteligencia artificial.

En realidad, antes del caso Orélien ya contábamos con un ejemplo reciente del impacto de la IA sobre el mundo cultural. Me refiero al filósofo hongkonés Jianwei Xun, supuesto autor de una obra de éxito intitulada Hipnocracia, un libro cuyo tema consiste en la denuncia de los peligros de la manipulación digital. Xun llegó incluso a aparecer como participante en una antología sobre el mismo tema dirigida por Giuliano da Empoli en 2025. Lo interesante es que poco tiempo después, la periodista italiana Sabina Minardi descubrió que tanto la identidad de Jianwei Xun como sus obras eran producto de la inteligencia artificial. El episodio resulta especialmente significativo porque da Empoli es uno de los autores más interesantes entre aquellos que estudian lo que él denomina “la gran sustitución de la realidad física por la realidad virtual”.

En fin, podemos concluir provisionalmente que nuestra cultura se encuentra en un cruce de caminos. Por una parte, los artistas siempre se han apoyado en los instrumentos disponibles para mejorar sus obras. Durante siglos, los pintores trabajaron con ayudantes en sus talleres y utilizaron la cámara oscura. Del mismo modo, los escritores han contado con revisores, correctores e incluso con escritores por encargo. Por otra parte, valoramos las obras de arte por su autenticidad. Como lectores o espectadores, esperamos confiar en que fueron elaboradas con honestidad y con el propósito de ofrecernos un horizonte de sentido más rico y amplio que el de nuestra propia subjetividad. En otras palabras, esperamos que no hayan sido creadas para manipularnos. También los creadores, incluso en el terreno de la ciencia, buscan el placer de ofrecer algo nuevo, como lo muestran el deseo del momento “¡Eureka!” o de la “idea más feliz” de Einstein. Este es el gran desafío que plantea el avance de la IA. Por una parte, ofrece un instrumento muy valioso (información, análisis y corrección) para acompañar nuestras creaciones; por otra, amenaza con desposeernos de nuestra subjetividad al convertirnos en autores sin introspección ni esfuerzo y en lectores superficiales. Su uso en las redes sociales y su capacidad de destruir nuestro mundo común podrían, incluso, hacernos perder el estatus de ciudadanos y reducirnos al papel de pueblo figurante. No insistiré ahora en la importancia de la literatura para la formación de un mundo común y, por ende, para la democracia. Samuel Fitoussi, uno de los personajes de este drama, sostiene que “pronto ningún humano escribirá y ningún humano leerá”. Si esto es cierto, no viviremos más en un mundo común. Pero quizás Fitoussi se equivoque. El periódico suizo Le Temps anuncia que, a pesar del escándalo que la envuelve, la obra de Orélien sigue siendo apreciada por el público en su país. ¿Qué tan aterradora es, para usted amable lector, esta noticia?