Ante el fracaso, el gabinete de Salud da nuevos tumbos y engrosa la lista de ocurrencias

Carlos H. Estrada (02/12/2025)
Cuando un gobierno fracasa sistemáticamente en garantizar algo tan elemental como el abasto de medicamentos, suele refugiarse en paliativos burocráticos, relanzamientos de viejas estrategias o, peor aún, en ocurrencias que buscan reparar la incompetencia. El nuevo programa Farmacias del Bienestar es exactamente eso, el intento de maquillar un desastre con una capa más de pintura institucional.
El gobierno federal presentó en el Estado de México este esquema “complementario” a Salud casa por casa, con el que -según la presidenta Claudia Sheinbaum-, se pretende surtir recetas a adultos mayores y personas con discapacidad sin las filas interminables de los centros de salud. El argumento luce razonable; el contexto, no tanto. Tras años de desabasto crónico, compras fallidas, distribuciones improvisadas y una crisis de confianza, ofrecer más módulos y más promesas no ataca el problema de fondo, que implica un sistema deficiente de adquisición, logística y supervisión.
Ariadna Montiel, secretaria del Bienestar, afirmó que se busca asegurar medicamentos para enfermedades crónicas como diabetes e hipertensión. Es decir, el mínimo indispensable. Y aun así, para lograrlo, se despliega un ejército de 20 mil enfermeros y médicos que han realizado casi nueve millones de visitas domiciliarias para levantar expedientes digitales. Loable en el papel, pero insostenible como política pública si el medicamento no está disponible cuando el paciente llega con la receta en mano.
Para completar el cuadro, el subsecretario Eduardo Clark explicó que muchos diagnósticos se harán vía consulta telefónica con médicos que recetarán a distancia. La telemedicina puede ser útil, pero usada como mecanismo para suplir carencias estructurales solo profundiza la precariedad de la atención.
A este catálogo de aspirinas administrativas se suma otro anuncio, la expansión de la estrategia Trato Digno del ISSSTE al IMSS y al IMSS-Bienestar. De nuevo, la intención suena correcta. ¿Quién podría estar en contra de un mejor trato, de resolver quejas o de contar con aire acondicionado en hospitales que llevan décadas de abandono? Pero el problema no es la falta de modales. Es la falta de médicos, de infraestructura, de medicamentos, de planeación y de un sistema fragmentado que se cura a sí mismo con talleres de “humanización”.
Los nuevos módulos -578 para el IMSS-Bienestar, 546 para el IMSS, más los ya existentes en el ISSSTE-, parecen más una red de contención de inconformidades que una verdadera apuesta por elevar la calidad del servicio. Se anuncian encuestas bimestrales, monitores, brigadas y “apapachos institucionales”, según palabras de Martí Batres. Pero la empatía no reemplaza a los antihipertensivos, ni las sonrisas sustituyen a la insulina.
Mientras tanto, se presume la entrega de 86 millones de piezas de medicamentos en tres meses, como si un número aislado pudiera borrar años de escasez. La narrativa oficial intenta instalar que “sí hay medicamentos”, cuando la realidad cotidiana de millones de derechohabientes cuenta otra historia.
Lo preocupante no es solo la acumulación de ocurrencias, sino la renuncia a admitir el fracaso del modelo. Si el gobierno sigue respondiendo con más módulos, más campañas y más discursos en lugar de reconstruir el sistema desde la raíz, el desabasto seguirá siendo la herida abierta que ninguna farmacia improvisada podrá cerrar.

