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Las elecciones estadounidenses o las multimillonarias nupcias del populismo y la tecnología

Juan Cristóbal Cruz Revueltas

01/11/2024

La relación entre el desarrollo tecnológico y el poder se ha convertido en una de nuestras principales obsesiones. La película Oppenheimer, del gran director Christopher Nolan, la novela Maniac del reconocido escritor Benjamin Labatut, o el ensayo Nexus de Yuval Noah Harari, nos ofrecen algunos ejemplos recientes y notables de esta preocupación. Pero difícilmente encontraremos una mejor expresión de esta intrigante relación que la que brindan en este momento las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Como todos sabemos, Elon Musk, el hombre más rico del mundo y dueño de varias empresas líderes en tecnologías de vanguardia, se ha aliado con Donald Trump, el líder populista más influyente de nuestro siglo.

En cierta forma, esto es perfectamente coherente con la trayectoria personal de Musk. Su ascenso económico ha sido vertiginoso. En sólo un par de décadas, él y los dueños de las GAFAM, como Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o Bill Gates, desplazaron a las grandes familias que –como los Rockefeller o los Mellon– habían dominado el siglo XX estadounidense. En este momento, de acuerdo con el NYT (20 de octubre de 2024), las empresas de Musk tienen promesas de contratos por 3 mil millones de dólares con 17 distintas agencias federales. La estrecha colaboración industrial va de la mano con la cercanía al poder, al grado de que Musk cuenta con una acreditación de seguridad (Security Clearance) de alto nivel, probablemente la más alta. Como vimos en la ya mencionada película Oppenheimer, este tipo de acreditación permite acceder a información clasificada del gobierno estadounidense.

Pero la influencia de Musk difícilmente se asemeja a la de los grandes empresarios de otros tiempos. Con la invasión rusa a Ucrania, iniciada el 24 de febrero de 2022, se hizo patente que Musk también puede presentarse como un actor clave en la arena política mundial. Al inicio del conflicto bélico, Musk facilitó a los ucranianos el uso sin restricciones de su sistema de satélites Starlink, una subsidiaria de SpaceX, empresa fundada por él. Esta ayuda fue de gran importancia, pues les permitió mantener su sistema de comunicaciones y, en consecuencia, contener la invasión rusa. Sin embargo, a partir del otoño de ese mismo año, Musk empezó a limitar el uso de su sistema, en particular para los drones ucranianos. Este ejemplo muestra que estamos ante la sorprendente situación en la que una personalidad privada parece tomar decisiones similares a las de una gran potencia militar.

Pero eso no le ha parecido suficiente. Con el pretexto de defender la libertad de expresión, en octubre de ese mismo 2022 adquirió Twitter (ahora X) por 44 mil millones de dólares. Se entiende que esto le sirvió para posicionarse mejor como un actor político y ampliar aún más su influencia en la escena estadounidense y mundial. Ya en 2021, Musk confesaba: “Estoy pensando en dejar mis trabajos y convertirme en un influencer de tiempo completo”. Y, en efecto, mientras una cuenta promedio en X sólo tiene entre 200 y 500 seguidores, la cuenta de Musk en X alcanza los 202 millones de seguidores. Esta desproporción en el peso de las opiniones hace dudoso que X sea una plataforma en la que todas las cuentas valgan lo mismo y tengan derecho a expresarse por igual.

Este no es el único caso en el que Musk juega con las contradicciones. Si bien ha denunciado los probables peligros de la inteligencia artificial, también es uno de sus principales promotores. Si en una entrevista de 2023 afirma que va “a construir algo que llam(a) TruthGPT o una IA que busque la verdad máxima y trate de comprender la naturaleza del universo”, unos meses más tarde lo vemos convertido en el mayor promotor de Trump, el más notorio representante mundial de la “posverdad”.

Investigadores como Jean-Gabriel Ganascia no se equivocan cuando señalan que las nuevas tecnologías de la información tienen y tendrán infinidad de aplicaciones positivas. La presencia de Google en los premios Nobel de física y de química del presente año basta para demostrarlo. Pero más clara que la relación que pudo tener la invención de la imprenta en 1450 con las guerras religiosas del siglo XVI, más evidente que la relación entre las tecnologías audiovisuales y el totalitarismo del siglo XX, es la actual relación entre las tecnologías de la información y el populismo del siglo XXI. Al menos así lo evidencia la alianza de Trump con el propietario de Neuralink o de Grok (para nombrar sólo dos de las grandes empresas de tecnología de Musk). No olvidemos que John Kelly, el jefe de gabinete que más tiempo sirvió a Trump durante su presidencia, lo ha dicho: “Si el fascismo puede ser definido como una ideología autoritaria de extrema derecha, ultranacionalista… La visión del poder que tiene Trump corresponde a esta definición. Ejercerá el poder de manera dictatorial”. Musk lo sabe. Tampoco los electores estadounidenses podrán decirse sorprendidos. Después de todo, la técnica por la técnica y la política populista son expresiones de aquello que queda cuando ya no queda nada más y esto es el poder. No extraña entonces la alianza de estas dos grandes personalidades narcisistas que son Musk y Trump: ambos encarnan la figura del exceso, es decir, de aquello que los antiguos griegos llamaban hubris. Pero esos formidables griegos lo sabían bien: cuando domina la *hubris*, se desencadenan las tragedias.

X @jccruzr