El gusto por la guerra

Israel Covarrubias (23/06/2025)
En El artesano (2008), Richard Sennett abre su libro con una advertencia que extrae de un encuentro fortuito que tuvo con su maestra Hannah Arendt poco después de la crisis de los misiles de 1962. Dice que al encontrarse con Arendt en la calle, intercambiaron algunas palabras sobre la posibilidad de que se desatara la temida tercera guerra mundial. Arendt seguía convencida de lo que había escrito en 1958 en La condición humana, es decir, “que ni el ingeniero, ni ningún otro productor de cosas materiales, es dueño y señor de lo que hace; que la política, instalada por encima del trabajo físico, es la que tiene que proporcionar la orientación”. Finalmente, agrega Sennet, “Lo que le interesaba era que yo extrajera la lección correcta, a saber: que, en general, las personas que producen cosas no comprenden lo que hacen”.
Vivimos hoy en el paroxismo de la tiranía de una completa ausencia de comprensión política con relación a la guerra. En particular, la incomprensión es más escandalosa frente al gusto irrefrenable por el uso de las nuevas bombas. Entre otras cosas, esto muestra un grado avanzado de descomposición intelectual y material en el diseño y desarrollo de la técnica. Después de los bombardeos de Estados Unidos a Irán, estamos secuestrados por un puñado de políticos a los que les importa poco o nada el conjunto de las sociedades que gobiernan. Es decir, no les interesa lo que ellas digan en contra de la barbarie que hoy es la regla global.
En el reino de la anarquía de Trump y aliados como Netanyahu, las bombas que a diario se arrojan contra propios y extraños, taladran la comunicación global y los territorios donde habitan millones de ciudadanos que son usados como el experimento de un mundo que camina aprisa a un resucitado wild west. No olvidemos que las bombas son activadas a través de las órdenes de dos o tres docenas de personas. ¿Esto es lo que aún defendemos como democracia?, ¿es por esas bombas que luchamos a favor de la libertad?, ¿este es el espectáculo real de la plenitud que anhelamos como vida en común?
Nos encontramos en el umbral de la podredumbre política y humana. Sin brújula intelectual y sin sentido de mesura, los cadáveres de las víctimas de la carnicería flotan sobre las conciencias, nos recuerdan que seguirán ahí, inmóviles y silenciosos, para confirmar que sus huellas no desaparecerán. No se trata de hacer declaraciones y llamados hacia una paz que nadie quiere alcanzar, mucho menos de pronunciamientos. Es momento de aceptar que la guerra afecta a todos los hombres, no al Hombre, precisamente como sentenciaba Arendt en su ensayo ¿Qué es la política?, que hoy cobra una relevancia inaudita.
El reino de la podredumbre anárquica del trumpismo es un proceso a escala global que no comprenden ni Trump ni sus aliados. Actúan como tiranos de baja monta, y no están dispuestos a respetar ningún precepto del derecho internacional. En la actualidad, hay quienes aún les aplauden, porque dicen que la lucha a muerte es contra el fundamentalismo islámico y antidemocrático. Sin embargo, quedan otros fundamentalismos por combatir como el trumpiano-sionista. De este último, ¿quiénes serán aquellos capaces de combatirlo? Si ninguna nación o autoridad internacional puede hacerlo, es porque forman parte de ese estado avanzado de putrefacción.

