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Una mirada sobre la inteligencia artificial, entrevista a Jean-Gabriel Ganascia

Jean-Gabriel Ganascia —profesor en la Sorbona, informático y filósofo— es uno de los principales especialistas franceses en inteligencia artificial. La siguiente entrevista fue realizada por Valérie Mathey, directora de redacción de la revista Découverte, y publicada originalmente en francés en el número 541 del Palais de la Découverte (octubre-diciembre de 2025, pp. 14-17). Traducción del francés por Juan Cristóbal Cruz Revueltas

Découverte: Usted es a la vez filósofo y profesor de informática. ¿Cuál ha sido su recorrido?

Jean-Gabriel Ganascia: Realicé estudios de ingeniería para responder a las aspiraciones de mi padre; y, en paralelo, estudié filosofía por interés personal. Después descubrí un DEA en inteligencia artificial (IA) (equivale a un máster 2 hoy en día), que cursé en 1979-1980. Se ocupaba de preguntas que me interesaban: qué es el conocimiento y el qué es el saber, ambas tratadas desde un enfoque técnico, el de la IA. Más tarde dirigí ese mismo DEA, de 1992 a 2004.

Découverte: ¿Qué se entiende por inteligencia artificial? ¿Qué abarca exactamente?

J.-G. G.: La IA abarca, ante todo, una reflexión epistemológica y luego científica. Existen también muchísimas aplicaciones prácticas que se benefician de la IA. Son innumerables y están transformando la sociedad… lo cual genera tanto entusiasmo como inquietud, ya que se teme, en particular, que la IA termine por volverse contra nosotros. Hay muchos malentendidos en torno al término “inteligencia artificial”…

Découverte: ¿Cómo hacer para disipar estos malentendidos?

J.-G. G.: Antes que nada, hay que preguntarse qué es la inteligencia de la inteligencia artificial, porque la palabra “inteligencia” es polisémica. ¿Se trata de la inteligencia en el sentido del espíritu, de aquello que es “aliento de vida”? ¿O de la inteligencia en el sentido en el que habla un alumno en la secundaria o en la preparatoria, es decir, como algo “ingenioso”? ¿O más bien de las facultades mentales —razonamiento, verbalización, abstracción, imaginación— que varían entre los individuos?

El sentido del término que usamos en la expresión “inteligencia artificial” fue introducido a fines del siglo XIX por ciertos filósofos que buscaban naturalizar el espíritu abordándolo de manera racional, como un conjunto de facultades mentales susceptibles de estudio empírico. La idea era dividir el espíritu en diferentes funciones cognitivas (memoria, razonamiento, percepción, etc.) y caracterizar cada una con métodos experimentales derivados de la física.

En Francia, un filósofo positivista, Hippolyte Taine (1828–1893), escribió numerosos trabajos al respecto, entre ellos un extenso tratado en dos tomos titulado De l’intelligence, para precisar cómo se podían estudiar científicamente estas funciones cognitivas.

En ese sentido, la inteligencia no se reduce a una cantidad ni a una sola dimensión, sino a un conjunto de facultades mentales. Fue esta acepción del término “inteligencia” la que retomaron, a mediados del siglo XX, los matemáticos e ingenieros que acababan de descubrir las primeras computadoras, bajo la idea de que se podría entender mejor esas facultades simulándolas mediante sistemas de tratamiento de la información.

Lo importante es recordar aquí que la inteligencia artificial es una disciplina científica.

Découverte: Numerosas aplicaciones derivan de este enfoque experimental…


J.-G. G.: En efecto, una vez que estas facultades se simulan, pueden integrarse en múltiples tecnologías y servir para una gran cantidad de aplicaciones: el reconocimiento facial para desbloquear teléfonos móviles, los sistemas de dictado capaces de transcribir la voz, la elaboración de perfiles personalizados (a partir de nuestra navegación por Internet y de nuestras búsquedas en los motores de búsqueda) con fines de publicidad dirigida, a fin de obtener una tasa de retorno más alta…

Découverte: ¿No existen límites a la capacidad de aprendizaje o al desarrollo de las máquinas? ¿Cuál sería el límite?

J.-G. G.: No lo sabemos muy bien. Por ejemplo, los generadores automáticos de texto como ChatGPT intentan extraer las relaciones invisibles entre las palabras, lo que los lingüistas llaman el espíritu de la lengua.

Un niño de 7-8 años sabe hablar y formar frases correctas, más o menos, sin conocer las reglas gramaticales, por impregnación. Se procede de la misma forma con enormes redes neuronales que se entrenan dándoles enormes cantidades de textos, tratando de hacer que la máquina, ante una frase de entrada, produzca la misma frase a la salida: eso se llama auto-codificación. ¡Los resultados son asombrosos!

Découverte: Sin embargo, por muy impresionantes que sean sus capacidades técnicas, los resultados que producen estas máquinas no son sistemáticamente verdaderos, ¿verdad?

J.-G. G.: En efecto, no hay ninguna razón para que sean verdaderos…

Découverte: Entonces, ¿cómo hacer para que los usuarios no tomen los resultados por verdades absolutas? ¿Qué tipo de enseñanza debería impartirse en la escuela para que los alumnos aprendan a utilizar correctamente estas herramientas?

J.-G. G.: Es una pregunta muy difícil, porque todo esto es relativamente nuevo —unos dos años y medio, más o menos—. Estamos desconcertados, en particular los docentes.

Recuerdo que una profesora de francés me decía que ya no podía dejar tareas para hacer en casa, porque los alumnos usarían estas máquinas para resolverlos. Es un enorme problema, porque se aprende a escribir escribiendo, lo cual significa que ya sólo se puede escribir dentro del aula; de lo contrario, corremos el riesgo de que los alumnos dejen que estas nuevas herramientas escriban por ellos.

Creo que esto plantea también la cuestión de la evaluación. Durante mucho tiempo, las calificaciones escolares no tenían demasiada incidencia, pues lo que contaba era el examen final: obtener el Bachillerato.

Hoy, con Parcoursup (plataforma de la educación superior en Francia NT), los alumnos deben tener buenas notas de manera continua, en evaluación permanente. Por un lado, eso es mejor, porque es menos aleatorio que un único examen; pero, por otro, significa que existe una presión constante sobre los estudiantes, que, por miedo a una mala nota, optan por utilizar estas herramientas.

Creo que habría que cambiar las prácticas pedagógicas, porque, en mi opinión, la mala nota tiene un valor educativo: es útil.

Découverte: ¿Para incitar a los alumnos a progresar?


J.-G. G.: Sí, para ayudarlos a evaluarse, a saber dónde cometen errores, dónde tienen dificultades. Pero ahora ya no se aceptan las malas notas. Creo que habría que emprender una reflexión pedagógica general para devolverle su verdadero lugar al Bachillerato. Quizás habría que recordar también que la escuela es, en cierta medida, un lugar aislado del mundo, donde no se usa el teléfono móvil ni dispositivos electrónicos para realizar el trabajo.

Découverte: Entonces, ¿para usted una de las pistas de reflexión sería que el alumno deje su teléfono, e incluso su ordenador, a la entrada de la clase?

J.-G. G.: Sí, y quizá también que haya más tiempo dentro del recinto escolar para trabajar y escribir, ya que eso ya no es posible en casa. Hoy, además, sucede que cuando el profesor enseña algo, el estudiante teclea en su computadora; asiste a la clase como si estuviera en el cine, y en cuanto considera que el curso deja de ser interesante, pasa a otra cosa, deja de escuchar o formula preguntas sobre temas que ya se han tratado.

Que el alumno haga preguntas sobre el tema mismo está muy bien, pero justamente de manera que la clase sea un espacio y un tiempo de reflexión.

Découverte: Eso significaría repensar completamente la forma cómo se diseñan los programas y los cursos, sin por ello excluir la inteligencia artificial, lo cual sería anacrónico, ¿verdad?

J.-G. G.: Exactamente. Pero no estoy seguro de que logremos hacerlo. Lo que trato de subrayar son las dificultades a las que los profesores se enfrentan hoy. No pueden ignorar el hecho de que los alumnos utilizan herramientas de inteligencia artificial para hacer sus deberes. De modo que ya no sabemos, cuando se entrega un trabajo, quién” lo ha hecho realmente. El problema es que se aprende haciendo. Si los alumnos ya no hacen, ya no aprenden, lo cual se convierte entonces en una pérdida de tiempo.

Découverte: Es importante entonces desarrollar el espíritu crítico.

J.-G. G.: Sí, o al menos el espíritu de análisis, de investigación… Igual que la ciencia es una investigación: la experimentación es lo que permite validar o refutar una hipótesis.

Por eso me gustaba tanto ir al Palais de la Découverte (museo de la ciencia en París N.T.) porque se trataba de mostrar el método científico en sí mismo, la experimentación. Etimológicamente, “experimento” viene de “peligro”: experimentar es poner en peligro una hipótesis. Creo que es ese espíritu el que hay que inculcar: el de buscar la prueba.

Découverte: Usted menciona el Palais de la Découverte. ¿En qué se distingue, para usted, de otros lugares o museos de ciencia?

J.-G. G.: El Palais de la Découverte es un lugar importante que se diferencia de otras lógicas de presentación de la ciencia, como la de la Cité des sciences et de l’industrie, por ejemplo.

En el Palais de la Découverte existe esta noción de experimentación: se muestra a los visitantes cómo se construye el conocimiento científico, cómo se elabora la ciencia. La ciencia no es necesariamente lúdica y puede exigir esfuerzo; ante todo, es un misterio, un enigma que hay que resolver.

Découverte: Volviendo a la inteligencia artificial, ¿de qué manera transforma la IA a la sociedad?

J.-G. G.: La sociedad está siendo transformada por la IA porque, desde ahora, casi todos los intercambios entre seres humanos se realizan mediante flujos de información que son tratados con herramientas de inteligencia artificial. Esta transformación tiene efectos considerables, especialmente políticos, ya que los grandes actores —los llamados “gigantes de la web”— poseen esos flujos de información y las técnicas que permiten procesarlos, lo que les confiere un poder cada vez mayor.

Además, la IA permite fabricar imágenes y videos que producen ilusión y parecen reales, lo cual resulta engañoso. Hace mucho que se fabrican informaciones falsas, pero antes eran detectables: incluso si un texto o una pintura estaban hechos por otra persona, conservaban la huella de su verdadero autor. En cambio, ahora… además, con la elaboración de perfiles, la IA puede enviar selectivamente informaciones —a veces parcialmente falsas— a ciertos segmentos de la población particularmente sensibles a ellas, con lo que corremos el riesgo de tener una sociedad cada vez más fragmentada en la que la gente deja de entenderse. Son cuestiones sociales de gran magnitud.

Découverte: ¿Hasta dónde puede llegar el desarrollo de la inteligencia artificial?

J.-G. G.: Algunos afirman que la inteligencia artificial tomará el poder y adquirirá consciencia. Como científico, es importante decir que no hay ningún elemento que justifique esos temores. En uno de mis libros, Le Mythe de la singularité (El mito de la singularidad, Seuil, 2017), muestro que los argumentos en apoyo de esas teorías un tanto apocalípticas no están fundados. Los riesgos que las técnicas de la IA representan para la humanidad no son del mismo orden que los asociados a las pandemias o a las guerras nucleares, como se dijo hace un año y medio. Son riesgos políticos, no metafísicos, y es importante explicárselo al gran público. La idea de que una inteligencia artificial general pueda hacerlo todo es infundada, ya que solo se simulan algunas facultades mentales con la IA. ¡Ni el ser humano ni su inteligencia pueden reducirse a un mecanismo, afortunadamente!

Découverte: ¿Qué reglas éticas podrían establecerse en el ámbito de la inteligencia artificial?

J.-G. G.: Es complicado. La ética es una rama de la filosofía práctica que intenta fundamentar las reglas de nuestra conducta: ¿qué debo hacer?, ¿qué es lo correcto? Muchas de esas reglas se basaban en la tradición. Pero con lo digital, el mundo ha cambiado, y ciertas normas que antes eran válidas se vuelven obsoletas.

Découverte: ¿Qué aportes o nuevas profesiones podrían imaginarse en el ámbito digital y gracias a la IA?

J.-G. G.: Es muy difícil imaginar el futuro. La experiencia y el estudio retrospectivo muestran que siempre nos sorprenden las evoluciones ¿Por qué? Tengo una teoría según la cual el tiempo de las tecnologías de la información no es un tiempo acumulativo, a diferencia del tiempo del progreso clásico. Condorcet, por ejemplo, pensaba que se hacían cada vez más descubrimientos y que eso conduciría a mejorar continuamente la condición humana y a prolongar la duración de la vida.

Con las tecnologías digitales, la cosa es más compleja: hay líneas de investigación que se intentan, luego se abandonan en favor de otras.

Por ejemplo, la investigación sobre las redes neuronales comenzó en 1943, fue abandonada por su dificultad, retomada en 1958 con las primeras técnicas de aprendizaje, nuevamente abandonada… hasta resurgir en 2010 con las redes neuronales profundas.

A menudo hemos sentido entusiasmo antes de darnos cuenta de las dificultades. La evolución de la ciencia es “caótica”, imprevisible y sorprendente. Es muy difícil anticipar lo que ocurrirá mañana. Lo digital desempeñará sin duda un papel importante. Pero imaginar cómo evolucionarán las profesiones es muy difícil.

Por ejemplo, hasta hace poco no se imaginaba que los traductores se verían afectados por lo digital, y sin embargo ahora lo están; pero puede que dentro de poco volvamos a necesitar traductores. Otros oficios también están transformándose…

Découverte: Para concluir, ¿qué podría decir para animar a las jóvenes y mujeres a seguir carreras científicas?

J.-G. G.: Las tecnologías de la inteligencia artificial y del ámbito digital están abiertas a la sociedad. No son simplemente tecnociencias frías. A muchas mujeres jóvenes les puede interesar involucrarse en estos campos porque también tienen un aspecto humano.

El éxito de las aplicaciones depende de los modos de apropiación por parte de la sociedad y de la forma en que las personas estén dispuestas a utilizarlas. Estos dispositivos sociotécnicos deben pensarse en relación con las organizaciones que los emplearán.

Estudiar todo eso es realmente apasionante. Además, la inteligencia artificial presenta numerosas potencialidades y abre la puerta a múltiples profesiones diferentes.